Escribir acerca de la violencia (Parte 1)

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por KRISTEN DRYBREAD – Universidad de Colorado en Boulder

Escribir nunca es fácil. Escribir etnográficamente sobre personas que cometen actos de violencia es excepcionalmente difícil. El etnógrafo no solo tiene que evitar con cautela caer en lo que llamamos representación «pornográfica», sino que debe encontrar la manera de transmitir la humanidad de las personas que hacen cosas «inhumanas», al mismo tiempo que hace justicia a las víctimas de sus actos de violencia. Escribir en primera persona agrava estas dificultades. ¿Cómo se inserta uno mismo, como etnógrafo, en tal narrativa?

Al escribir mi investigación sobre violaciones y asesinatos en prisión, lucho con los deseos contrapuestos de querer presentarme como una protagonista simpática y querer relacionar honestamente las formas en que mi práctica etnográfica no puede evitar entrelazarse con las formas de violencia que estudio. También me preocupa que, mientras trato de navegar entre estos dos polos traicioneros de representación, mi escritura será desastrosamente autoexculpable o innecesariamente autoflagelante.

Una solución a este problema sería considerar a la etnógrafa, en las historias que escribo sobre la violencia, como un personaje, en lugar de una representación robusta y auténtica de mí. Pero, al hacerlo así, ¿convertiría los eventos violentos de mi trabajo de campo en ficción? Y convertir en ficción etnográfica eventos que experimenté como demasiado reales (y con consecuencias demasiado reales), ¿no sería solo otra forma de evitar confrontar sus ramificaciones éticas?

Una solución más simple sería fingir que la violencia que presencié o experimenté en el campo no sucedió en absoluto. No sería la primera en eludir la violencia física en mi escritura etnográfica. De hecho, admito que escribí mucho menos sobre los eventos violentos que fueron centrales en mi trabajo de campo que sobre las formas de violencia estructural que han dado forma a los contextos etnográficos en los que estudio, porque encuentro que hacerlo es menos tenso que escribir sobre instancias específicas de agresión física o dolor. Pero la sangre, las balas y la carne desgarrada eran tan frecuentes en mi trabajo de campo que me sentiría deshonesta si los eliminara de mi trabajo.

Otro curso que podría seguir al escribir sobre mis encuentros etnográficos con perpetradores de violencia sería posicionarme inequívocamente como observadora en lugar de participante. Pero, para mí, esto se remontaría a fines del siglo XIX, cuando la etnografía era decididamente sobre “el otro”, no sobre las relaciones complejas que nos enredan con personas a las que podríamos preferir, especialmente cuando se trata de asesinatos o torturas, referirnos como “ellos”.

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La elección que hice es reconocer directamente tanto mi incomodidad como mi complicidad con la violencia que estudio. El desafío posterior al que me enfrento es cómo escribir de esta manera sin sumergirme en el egocentrismo que, como discutiré en mi próxima publicación, a veces plaga la escritura sobre encuentros etnográficos con la violencia.

Referencias

Fassin, Didier. 2014 “True Life, Real Lives: Revisiting the Boundaries Between Ethnography and Fiction.” American Ethnologist 41(1): 40-55.

Nader, Laura. 2011. “Ethnography as Theory.” HAU: Journal of Ethnographic Theory 1(1): 211-219.

Taussig, Michael. 2010. “Viscerality, Faith, and Skepticism: Another Theory of Magic.” Walter Benjamin’s Grave. University of Chicago Press, p. 121-156.

Fuente: Savage Minds/ Traducción: Alina Klingsmen

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