Viajes fuera de programa

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Salar de Uyuni, Bolivia, 2019.

por MARCELO PISARRO – Universidad de Buenos Aires

El crítico literario Northrop Frye escribió que uno no lee Macbeth para aprender la historia de Escocia; uno lee Macbeth para aprender qué siente un hombre luego de haber ganado un reino y perdido su alma. Es difícil precisar de antemano para aprender qué se lee Viajes. De la Amazonia a las Malvinas (Seix Barral, 2014), el libro de la ensayista, crítica y docente argentina Beatriz Sarlo. Luego de la lectura, y más tarde, luego de las relecturas, quizás pueda arriesgarse una hipótesis que pisa la tautología y la reiteración de unas pocas palabras: se lee Viajes no para aprender sobre viajes, o sobre lugares viajados, sino para aprender cómo viajar a través de las lecturas. Que son lecturas de experiencias que otros escribieron, lecturas de los propios trayectos biográficos y del detritus material que dejaron tras de sí (fotografías, anotaciones en libretas, artefactos recolectados), de las expectativas y limitaciones jerárquicas, políticas y simbólicas que quedan grabadas en los textos. Ningún viaje es inocente, parece decir el libro. Y tampoco ninguna lectura de esos viajes.

“Los viajes de este libro son saltos fuera de programa”, explica Sarlo. Es una excusa teórica nimia que articula un libro sólido, repleto de rebotes y pausas, de múltiples registros y géneros que se entrecruzan, superponen, dialogan y a veces se refutan entre sí. Es fácil vincularlo con Tristes trópicos, el libro del antropólogo Claude Lévi-Strauss. Su colega Clifford Geertz lo describió décadas después, a Tristes trópicos, como “una combinación de autobiografía, de narración de un viajero, de tratado filosófico, de informe etnográfico, de historia colonial y de mito profético”. También Viajes es una combinación de las posibilidades y restricciones de diversas tradiciones narrativas, de diferentes formas de discurso público, pero el libro no cuenta con el privilegio de un género dominante: la antropología, en el caso de Tristes trópicos. Como observó Geertz, si bien Tristes trópicos “dista mucho de ser un gran libro de antropología, o siquiera un libro especialmente bueno de antropología, es seguramente uno de los libros más bellos escritos por un antropólogo”. En el caso de Viajes restaría determinar el género dominante, o acaso, resignarse a la incomodidad y el placer que producen su ausencia. Y se trata, aun así, del libro más bello escrito por Sarlo.

Departamento de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia.

La idea de “salto de programa” implica un desbarajuste, un imprevisto que trastoca no sólo el curso de la experiencia empírica del viaje sino también su construcción como recuerdo, como mojón y articulación de la memoria. Produce una discontinuidad entre lo buscado, o lo esperado, y lo que de pronto se encuentra. Es un hecho que no figuraba en los planes y que se vuelve el pivote que reorganiza el sentido del viaje. El fuera de programa implica azar y contingencia; alguien que de otro modo sólo sería un turista forma parte de una situación que no acaba de entender y que no aprehende más que de manera fugaz: “El salto de programa es un descubrimiento de algo que no se ha buscado. Puede sucederle a cualquiera. Pero sucede pocas veces, porque la organización del viaje turístico tiene como uno de sus deberes mantenerlo a raya”.

El turismo es un programa de desplazamiento del capitalismo moderno; no es ―no puede ser, dice Sarlo― autorreflexivo, como la antropología, otro tipo de desplazamiento del capitalismo moderno. Para pensar el turismo, entonces, hay que dejar de ser turista.

Y entonces la narradora deja de ser turista. Asume la voz de una viajera conocedora, experimentada, alguna vez joven y arriesgada, elitista: “El elitismo del salto de programa tiene que ver con los instrumentos culturales puestos a disposición de la experiencia”. Estos instrumentos culturales muchas veces resultan, por usar una expresión de la escritora María Sonia Cristoff en la novela Inclúyanme afuera, “resabios de un cosmopolitismo herido”. No es curioso, pero sí específico, que la palabra “cosmopolitismo” aparezca tantas veces. Sus resabios construyen un mapa de lectura, y a la vez, el mapa de lectura ilumina los resabios de distintas capas de cosmopolitismo. El devaneo por las tautologías es adictivo.

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Beatriz Sarlo nació en Buenos Aires en 1942. Estos viajes se extienden durante varias décadas y algunos de ellos funcionan como pivotes: Deán Funes, provincia de Córdoba, durante los decenios de 1940 y 1950; el norte de Argentina, los llanos y los altos de Bolivia, la Amazonia peruana y el camino hacia Brasilia durante los años 60 y 70; las Islas Malvinas en 2013. Pero no son relatos cerrados; la narradora va y viene (está en Nueva York, en 1985; en Viena, en 1995; en Cambridge, en 2012), emite comentarios, juzga, explica, se desconcierta, desplaza el centro del relato hacia otros tiempos y otros lugares. El “yo” que narra y que establece el presente de la enunciación aparece siempre en tensión con el “yo” narrado y con aquello que se narra. Excepto en el caso de Malvinas, en el que sí coinciden: “Soy una extranjera”, dice, en las islas; “soy plebeya”, agrega. La voz de la narración es contemporánea a la voz del sujeto narrado. Están superpuestas.

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Para acercarse al desfasaje del resto de la narración acaso puedan colocarse dos notas al pie de página. Una de ellas es una línea de la breve introducción de Escritos sobre literatura argentina, el libro de Sarlo de 2007; dice sobre la elección de artículos: “Nada de lo publicado antes de 1980 me parece aceptable y, por eso, el primer artículo es de 1981, cuando yo tenía treinta y nueve años, la época de mi segundo comienzo”. La otra línea es de Tiempo pasado, su libro de 2005: “La subjetividad es histórica y si se cree posible volver a captarla en una narración, es su diferencialidad la que vale”.

Mercado de Cochabamba.

La narración capta la subjetividad histórica y diferencial de la persona que viaja. Y la persona que viaja, en la mayor parte de las experiencias relatadas, resulta casi una extraña para la persona que narra. ¿Quién es esa muchacha de borceguíes Marasco, jeans, mochila y cosmovisión de centro de estudiantes universitario, esa muchacha “obsesionada, insensible y distraída” que aparece en fotos tomadas hace décadas? ¿Qué fue todo ese alboroto anterior a su segundo comienzo? “Imposible reconstruirme”, dice Sarlo.

De todos modos lo intenta. Y al captar la subjetividad histórica en la narración se oye un “no me parece aceptable” que repiquetea a la distancia: “Practicábamos una especie de relativismo cultural espontáneo, sostenido en la admiración folklórica por lo diferente, el respeto a la gente pobre y un latinoamericanismo sostenido como deber ideológico. Preguntar por ‘esos indios’ nos habría resultado de una violencia imposible para el progresismo candoroso que era nuestra ideología. Nos movíamos por Bolivia o Perú o por el norte argentino como si fuera un espacio donde, de algún modo misterioso, iba a producirse en nosotros una iluminación. No lo decíamos, porque no teníamos palabras para decirlo. Era una creencia”.

Sarlo en un pueblo de Santa Cruz de la Sierra.

Si Viajes es un libro de viajes, no se parece a muchos otros libros de viajes. No tiene relación con Viajera crónica ni Visto y oído, de Hebe Uhart; aunque se examinan las costuras del viaje y hasta se ponen en discusión las razones mismas que llevan a viajar, tampoco se relaciona con relatos agudos y desfachatados como El antropólogo inocente ni con No es un deporte de riesgo, de Nigel Barley; tampoco responde al ideal romántico de viajeros que recorrieron algunos de esos parajes en esa misma época o en años inmediatamente anteriores (hay que pensar, por ejemplo, en Matto grosso y en Amazonas, un mundo extraño, de Eduardo Barros Prado). Ni siquiera se aproxima a los cruces ―tan deudores de antropólogos posmodernos como James Clifford― entre cartografía, territorio y literatura de libros como Oxidación, de Aníbal Ford, o de muchas de sus preocupaciones en Navegaciones: “Salir del texto” y buscar el Anguilas, el arroyo pobre y seco de Sudeste de Haroldo Conti. Eso es Sudeste, escribió Ford: “Búsqueda etnográfica, filosófica, literaria, política y también autobiográfica”. Los vínculos entre lo que Ford dijo sobre Sudeste y lo que Geertz dijo sobre Tristes trópicos exceden la casualidad de unas pocas palabras en común. Más bien establecen una afinidad, y acaso, legitiman una tradición más bien silenciosa y marginal de la crítica cultural.

*

Es difícil encontrar textos en los que el narrador sea tan tajante con su yo más joven e inexperto. Sarlo lo es. Enfatiza que todos esos viajes fueron de aprendizaje e ideológicos para los tres o cuatro jóvenes que los hicieron. Insiste en que entendían poco y nada de lo que veían, oían, experimentaban. Marchaban por el interior de América Latina con poca plata; hacían dedo; comían y dormían donde podían. No comprendían que su presencia provocaba una disrupción. Que sus ropas y sus bártulos, orilleros según los parámetros de la bohemia burguesía universitaria a la que respondían, resultaban un lujo extremo en muchos sitios que visitaban: “Un equipaje, que podía parecer austero en Buenos Aires, era juzgado sólido y abundante en el altiplano”. Les preguntaban si vendían algo, si arreglaban ollas, si llevaban un soldador de metales, un soplete, si hacían algo; ellos respondían que no.

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“Nos sentíamos en falta. Hacíamos algo completamente innecesario, gratuito y, por lo tanto, incomprensible, casi inconfesable porque no había una categoría de acciones donde inscribirlo. […] Al hombre de los burros ni siquiera le respondimos que éramos turistas. Decirlo habría contradicho la ideología de nuestro viaje. No éramos turistas. Pertenecíamos a una categoría imaginaria: jóvenes latinoamericanos. Preferíamos ese adjetivo a argentinos. Buscábamos América Latina, un espacio y un tiempo futuros”.

Mismo carrete.

Caminaban la puna. Encontraban refugios para pasar la noche: “Inspeccionábamos todo, arqueólogos inexpertos, ignorantes de un pasado probablemente muy próximo a esa misma noche, que habría transcurrido en esas casas”. Miraban una cultura que consideraban más “auténtica”, que respetaban mucho más que el mundo del que venían. Eran conservacionistas extremos. Querían preservar y resguardar a ese sujeto folklórico sumido en un costumbrismo miserabilista homogéneo. Se imaginaban descubridores, los primeros en llegar y en nombrar. Se fotografiaron en una mina de Oruro: la fotografía “nos muestra disfrazados como si alguno de nosotros hubiera sido capaz de trabajar media jornada en una mina”. Se topaban con expresiones culturales maravillosas, como el Carnaval de Oruro o las agitadas rutinas de las playas de Río de Janeiro, pero no las disfrutaban, las observaban con desdén y distancia; otra actitud los habría convertido en turistas. Eran ideológicamente optimistas; pensaban a las personas que hallaban como sujetos absolutos a los que les atribuían “la bondad rousseauniana y una praxis que los llevaría, por la inercia de lo real, a convertirse en protagonistas del Gran Cambio”. Estaban disfrutando unas bien merecidas vacaciones baratas en la miseria ajena, como Sex Pistols cantaría unos pocos años después. Pero a diferencia de la letra de Johnny Rotten, no había entrecomillados ni ironías.

*

En Una modernidad periférica: Buenos Aires 1920 y 1930, Sarlo escribió que había quedado impresionada con la forma en que Carl Schorske, en Viena fin de siglo, y Marshall Berman, en Todo lo sólido se desvanece en el aire, entraban y salían de la literatura: “Son lecturas irrespetuosas, que no se ajustan a un repertorio de preguntas ni responden al paradigma de lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer con los textos: los amasan, los desordenan, como decía Barthes: les cortan la palabra. Practican una especie de libre juego rabelaisiano, distinto de un disciplinado amor crítico”. 

Puede afirmarse que, en Viajes, Sarlo ensaya lo mismo con su propia biografía y con el detritus formado por fotos, cartas y recuerdos. Desordena, corta la palabra.

La narradora trata de entender todo lo que su yo más joven e inexperta pasó por alto décadas antes. Da sentido a través de archivos, etnografías, documentos, preguntas a colegas y amigos. Llena las partes en blanco, los huecos de significación. Pero no hay allí nada de un disciplinado amor crítico.

Mira una foto de la iglesia de San Juan de Oros: “Apoyados a la izquierda del pórtico de la iglesia, dos chicos, con sombrero de fieltro que les tapa las caras, se aplanan como si quisieran desaparecer incrustados en esa superficie de piedra y barro seco. El más grande (o la más grande), que hace el gesto de ocultarse, está de rodillas y con un brazo rodea la cintura del menor. Seguramente esos chicos nunca habían visto gente como nosotros. Ellos tampoco parecen de los años sesenta, que eran los que transcurrían, sino muy anteriores, con sus sombreros encasquetados hasta la nariz y los cinturones bajos que ajustan una especie de túnica. Nosotros éramos visitas de un improbable futuro; ellos eran apariciones pretéritas. Una madeja de tiempos que no dejaba de conmovernos y de provocarnos la inquietud culpable de quien invade esa aldea sin títulos o con títulos incomprensibles, inconmensurables. Nosotros podíamos llegar y partir, cansarnos todo lo que quisiéramos ya que no íbamos a seguir cansados sino unos días después de terminar el recorrido. Los demás quedaban pegados allí o condenados a una migración no menos indigente”.

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Mira otra foto en una aldea aguaruna: “Es una especie de foto terrible y anacrónica: el extranjero con borceguíes, camiseta azul, y treinta centímetros más alto que el aguaruna; el hombre levanta la mirada hacia la cámara pero tiene la cabeza baja”. 

Escribe:

“Éramos tan jóvenes, tan ideológicos y tan enceguecidos por lo que encontrábamos, que pasamos por alto detalles menores, como si fueran un tributo a rendir a la ascesis latinoamericana”.

“Novatos, extranjeros. Ignorantes”.

“Empiristas ingenuos, pensábamos que ver era conocer”.

“Vivíamos en una especie de optimismo epistemológico”.

“Practicábamos una especie de snobismo modernista”.

“Turistas ideológicamente automáticos: cuanta más pobreza encontrábamos, más cerca nos creíamos de la clave que perseguíamos en el viaje”.

“Éramos citadinos que vivíamos la fantasía de que el viaje nos transformaba de manera instantánea”.

“Prisioneros de nuestra ignorancia”.

“Viajábamos para conocer pero no estábamos en condiciones de entender lo que encontrábamos”.

Habían leído poco de lo importante, de los libros buenos que permiten llegar al resto o escribir los que faltan. Escudriñaban lo auténtico, pues creían que existía algo así como “lo auténtico”; o al menos, no se habían detenido a pensarlo demasiado. Veían abstracciones: “indios”, “selva tropical”. No sabían los nombres de los pueblos que atravesaban ni de los ríos que cruzaban. No habían estudiado antropología ni geografía cultural. En un mercado boliviano un hombre se acercó a la mesa en la que bebían y fumaban. “Era la persona más arruinada por la miseria que yo hubiera visto hasta entonces: muy bajo, con los huesos de la cara sobresaliendo debajo de una mancha de pelo engrasado, las manos temblorosas, descalzo y cubierto con pedacitos de diferentes telas, harapos en los que no se podía descubrir ni el rastro de la prensa original”. Le ofrecieron un vaso y le sacaron una foto. “Hoy lo pienso y me parecen dos actos incompatibles: el reconocimiento de su individualidad en la miseria y la documentación de una imagen que no se nos ofrecía para ser transformada en souvenir, sino que nosotros arrebatamos sin pensarlo, como si el mercado, las frutas, ese mendigo, todo en fin fuera una especie de estudio de curiosidades con acceso libre”. 

Mercado de Cochabamba.

Darle un vaso al mendigo y tomarle una fotografía. No es nada que nadie que haya frecuentado los mercados bolivianos ―o las minas de Oruro, los pueblos del norte de Argentina o el Amazonas peruano― no haya visto. O peor aún, que no haya hecho. En este punto el libro se cierra sobre sí mismo y adopta ese tono romántico, melancólico y en muchos sentidos ilegítimo de Tristes trópicos y de toda una literatura a la que sí responde: la del fin de las aventuras. “Era un capítulo del viaje iniciático”, escribe Sarlo. “Avanzaba la década del setenta, poco después de nuestros viajes por América del Sur, esos recorridos de aprendizaje se clausuraban definitivamente”.

Pero esos viajes de aprendizaje no se clausuraron; sólo adoptaron otras formas, no muy diferentes de las que relata Sarlo. Los jóvenes porteños de pulóveres NOA y prepagas OSDE costeadas por sus padres, con la panza atiborrada de pan relleno de pasillo de facultad humanista y los oídos tapados por música indie mal compuesta y peor grabada, recorren esos caminos en busca de ese mismo gesto de autenticidad. Todavía establecen parámetros de diferenciación con otros viajeros y todavía mantienen una fuerte creencia en alguna clase de espíritu latinoamericano menos degradado por algún tipo de capitalismo rapaz. Para probarlo, aprenden a tocar el charango adelante de involuntarios y sufridos testigos.

La mayor diferencia, acaso, sea que en los caminos, las ciudades y los parajes ya están alertados de estos viajeros burgueses y biempensantes que juegan a regatear y ser pobres por quince días de empirismo epistemológico. En muchos hoteles y residenciales bolivianos, por ejemplo, en especial en temporada de verano, pueden verse letreros escritos a mano: “No se aceptan mochileros argentinos”. Ése también es un legado de los viajeros aporteñados de los años sesenta y setenta que con sus borceguíes Marasco pisaban los resabios de su cosmopolitismo herido: haber convertido el salto de programa en programa.

Fuente: La Agenda

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