Enterrar a nuestros muertos nos mantiene humanos

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por DIMITRIS XYGALATAS – Universidad de Connecticut

Olena Koval se enteró de que su esposo estaba muerto a través de un mensaje de texto. Los soldados rusos le dispararon dentro de su casa en Bucha mientras ella se refugiaba cerca, dijeron sus vecinos a Human Rights Watch. En los días que siguieron, a pesar del frío brutal y su discapacidad en la columna, hizo repetidos intentos de recuperar su cuerpo, pero las amenazas de los soldados la hicieron retroceder cada vez.

A medida que aumentaban las atrocidades, Olena huyó de Bucha para salvar a su familia restante. Antes de su partida, dejó una nota con un vecino que marcaba dónde estaba el cuerpo de su esposo, con la esperanza de que alguien pudiera darle un entierro.

La guerra es sinónimo de muerte, pero su costo emocional se extiende más allá de la pérdida de vidas. La incapacidad de despedirse de los seres queridos y ponerlos a descansar a menudo puede ser igual de dolorosa.

Los humanos siempre se preocuparon por sus muertos, tanto que los arqueólogos suelen considerar los ritos mortuorios entre los rasgos que distinguen al Homo Sapiens de otras especies. En otras palabras, es una parte fundamental del ser humano.

Presentar respeto

Los familiares cercanos de los humanos también mostraron preocupación por los muertos. Los neandertales practicaron entierros, y probablemente también lo hicieron otros homínidos extintos. Incluso los chimpancés parecen afligirse por familiares fallecidos. Pero ninguna otra especie llega a extremos tan extraordinarios para cuidar a sus muertos.

Como antropólogo, pasé dos décadas estudiando rituales, particularmente aquellos que pueden parecer “extremos”. A primera vista, estas costumbres parecen desconcertantes: parecen no tener beneficios directos, pero pueden sentirse completamente significativas. Sin embargo, una mirada más cercana muestra que estos actos aparentemente sin sentido expresan necesidades más profundas y enormemente humanas.

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Consideren los ritos funerarios. Existe una necesidad práctica de deshacerse de un cadáver, pero la mayoría de las costumbres funerarias van mucho más allá de ese requisito. Entre el pueblo toraja de Indonesia, por ejemplo, los familiares fallecidos se mantienen en sus hogares durante meses o incluso años. Durante ese tiempo, sus familiares los tratan como si aún estuvieran vivos: les ofrecen comida, les cambian de ropa y les traen los últimos chismes. Incluso después del funeral, sus cuerpos momificados son exhumados, vestidos y desfilados por la ciudad en ocasiones ceremoniales.

Los Toraja no están solos. En Madagascar, visité comunidades donde la gente vivía en frágiles chozas de caña, a merced de frecuentes ciclones mortales, ya que los únicos edificios sólidos de ladrillo y cemento de la zona se usaban como tumbas. Y en la antigua ciudad de Petra, en Jordania, las obras maestras arquitectónicas talladas en la roca por los nabateos hace dos milenios eran lugares de descanso para los muertos.

Esas prácticas pueden parecer atípicas, pero no lo son. En todas las culturas, la gente limpia, protege, embellece y deposita cuidadosamente a sus muertos. Los musulmanes lavan y envuelven el cuerpo antes de enterrarlo. Los hindúes pueden bañarlo con leche, miel y manteca y adornarlo con flores y aceites esenciales antes de la cremación. Los judíos vigilan al difunto desde el momento de la muerte hasta el entierro. Y muchos cristianos celebran velatorios en los que los familiares se reúnen para rendir homenaje a los difuntos.

Dar un cierre

Los ritos funerarios son aparentemente sobre los muertos. Pero su importancia radica en los roles que desempeñan para los vivos: les permiten llorar, buscar consuelo, enfrentar la realidad de la muerte y encontrar la fuerza para seguir adelante. Son actos profundamente humanos, por lo que verse privado de ellos puede resultar devastador y deshumanizador.

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Esto es lo que está pasando en Ucrania.

En las ciudades sitiadas, la gente no puede recuperar los cuerpos de sus seres queridos de las calles por temor a ser asesinados. En otros casos, funcionarios ucranianos han acusado al ejército ruso de enterrar víctimas en fosas comunes para ocultar crímenes de guerra. Incluso cuando se recuperan, muchos de los cadáveres están mutilados, lo que dificulta su identificación. Para las personas que perdieron a sus seres queridos, la falta de una despedida adecuada puede parecer una segunda pérdida.

La necesidad de cierre es ampliamente reconocida como indispensable, no solo por antropólogos y psicólogos, sino también por socorristas, gobiernos y organizaciones internacionales. Esta es la razón por la cual los ejércitos hacen todo lo posible para devolver los restos de los soldados caídos a sus familias, incluso si eso lleva décadas.

El derecho a la sepultura se reconoce incluso a los enemigos. La Convención de Ginebra estipula que los beligerantes deben asegurarse de que los cuerpos de los enemigos sean “honorablemente enterrados” y que sus tumbas sean respetadas y “debidamente mantenidas y marcadas para que siempre puedan ser encontradas”.

Dada la importancia de esos ritos, también llama la atención que, según los informes, el Ministerio de Defensa ruso se haya mostrado reacio a traer a sus propios muertos a casa, porque les preocupa encubrir la escala de las pérdidas. Esta aparente indiferencia ante el sufrimiento del propio pueblo de Rusia y su necesidad de cierre puede ser otro acto de deshumanización.

Fuente: The Conversation/ Traducción: Horacio Shawn-Pérez

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