Indexicalidad

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por JOHN COLLINS – Universidad de la Ciudad de Nueva York

Uno de mis lugares favoritos es Q’enko, un sitio inca casi circular cerca de Cuzco. Aparentemente tallado sobre una sola roca, este santuario (w’aka) arremolinado entre depresiones y canales, se situa metonímacamente dentro de las líneas de parentesco, poder y sustancia del imperio inca. Los surcos que lo forman están divididos en varios puntos a lo largo de su trayectoria y parecen adecuados para la propiciación. Algunos cuzqueños me contaron que estos senderos servían para realizar augurios, debido a la forma en que se mueve el agua. Cualquiera que sea su función, cuando se combinan con los paneles tallados y las cuevas, le otorgan a Q’enko un vitalidad, una sensación de flujo y profundidad que pareciera unir a la superficie con el interior, las figuras con el suelo y al w´aka con los picos circundantes.

Los argumentos de que el paisaje, más que inerte, es vibrante y móvil no son desconocidos en ni se limitan a describir los Andes. Sin embargo, cuando se va profundizando en el conocimiento de la Pachamama o el Pachacuti, en la forma en que un agricultor realiza la libación, en la manera en que los antropólogos configuran o cuestionan el binomio naturaleza/cultura, la preocupación por las formas en que los paisajes se imbrican en la construcción de lo social ha sido central durante mucho tiempo para los estudios de las Américas indígenas. Resalto el punto sobre este peso y sobre su asimilación en el contexto histórico y en relación con la actividad humana, recordando las cualidades y contribuciones de Tom Abercrombie, nacido en 1951 y fallecido en 2019. Busco hacer visible hasta qué punto la historia etnográfica de Tom se basó en una visión desagregada del signo y la significación o en una postura que ha llegado a ser abordada cada vez más por antropólogos a través de la semiótica de C.S. Peirce.

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No obstante, Peirce está ausente en Pathways of Memory and Power. Tom se enfocó más en los sitios rituales, en aquéllos que la ciencia posterior a la Ilustración llegó a entender como paisajes centrales para círculos rituales, sistemas calendáricos espacializados, redes tributarias y estructuras de alianza y cequeso “líneas de visión”. Éstos establecieron al imperio inca como un conjunto de elementos que los conquistadores se esforzaron en analizar como religión, expertise burocrática, cielo e infierno y palabras escritas y habladas. Aún así, los senderos que Tom encontró en Santa Bárbara de Culta (K´ulta) no son un remanente que ha sobrevivido a un sistema deformado por la conquista, y por lo tanto, recursos que podrían volver a ponerse de nuevo en su lugar como huellas indígenas detrás de la máscara del conquistador. Son canales interculturales de entendimiento o estructuras metafóricas que desplazan y unen entidades y relaciones aparentemente disímiles, conformando un sistema de vocabularios o lógicas que podrían parecer apropiados para su antagonista. Tal promiscuidad es fundamental para la conceptualización de la indigeneidad que para Tom opera como práctica transcultural; de Europa, como una formación inestable afectada y a la vez constituida por los intentos de dar sentido a un Otro, y al mismo tiempo, de la historia historia como un canal de conquista y transmisión social basado en una pragmática de ecuación metafórica y de eventual envolvimiento. Tom alerta así a los antropólogos sobre el papel de mediación de la historia, más que su supuesto contenido. Y esta mediación está siempre regulada por lo que a su vez son formas históricamente específicas de alinear, reiterar y abarcar el mundo y, por lo tanto, las formas materiales, así como los objetos de los signos. La mediación histórica ocurre de diferentes maneras, y a través de diferentes clases de signos que se relacionan de maneras diferentes con sus objetos.

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Parece apropiado que Tom se interesara por el terruño y el vino. Su acercamiento a la conciencia histórica de K´ulta se adentra en la manipulación ritual del líquido, la forma en que se vierte y consume en momentos coreografiados con relación al paisaje y a las personas, que, al beber y caminar, arman canales indexados de descubrimiento histórico. Esta poética sugiere hasta qué punto la libación, de la misma manera que escribir una novela para Bakhtin, funcionan como la suspensión heteroglósica y material para llegar a conocer. La libación, y la bebida, son actuaciones mediadoras, y al mismo tiempo, sustancias que complican las fronteras entre lo ritual y lo líquido, la palabra y la cosa. Lo que aquí es significativo no es el contenido, sino la yuxtaposición y la transformación (co-presencia indicial) frente a la potencia desigual.

Como dice Tom, “en la época precolombina, beber y derramar cerveza de maíz que la acompañaba formaron otro canal de la memoria social…congruente con [los] ‘registros’ narrados, anudados y tejidos [conocidos como Quipus]” (1998:181). Tom partió de las preocupaciones por “escribir sin palabras” (Boone & Mignolo, 1994), para explorar superposiciones entre los sistemas representativos andinos, incluidos los importados por los españoles, cuyo rendimiento produjo efectos reales que dependían no de algún objeto perdido, sino de la naturaleza de la ejecución (performance) como una forma históricamente inflexible. Aquí el beber-en-el paisaje reúne preocupaciones en el presente para insertarlas como cualidades, iconos, sensaciones fugaces, contradicciones, cambiadores (shifters) sin contenido, y preguntas sin resolver en un pasado pragmático y disponible. Estas rutas indiciales marcadas por otras formas semióticas prometen acercar a K’ulta a la acción, pero no especifican cuál es la acción. Por eso entiendo los canales interculturales y el análisis de Tom como, al menos desde ciertas perspectivas, lo que Peirce apodó «índices». Como una veleta del viento o como el humo, apuntan hacia un objeto, incluso juntan semejanzas icónicas en el proceso. Pero no logran representar por completo, y arbitrariamente, y hacen que ese fracaso sea evidente.

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Tom ilustra cómo los textiles, las festividades, los intercambios de golpes, los quipus y los rituales estimulan la creación de significados que van más allá de lo convencional o atribuido, o de las formas saussureanas de significar arbitrario que Peirce denominó «simbólicas». En su lugar, se basan en lo que Peirce llamó signos «degenerados» o no totalmente arbitrarios — como iconos que comparten materia o cualidades con sus objetos, o los índices antes mencionados que hacen gestos a través de la contigüidad o la inscripción en campos de fuerza compartida. Tal iconicidad e indexicalidad son esenciales para el significado. Sin embargo, en las ideologías semióticas de la ciencia social a menudo se pasan por alto a favor del contenido. Pathways de Tom, su artículo de 2016 «The Iterated Mountain» donde llegó a abordar a Peirce de manera explícita, fascinan en la medida en que van más allá de lo arbitrario a través de la etnografía cuidadosa. No fue una lectura de Peirce la que alertó a Tom a la importancia de los caminos en lugar de los acontecimientos y las figuras históricas. Fue beber en el paisaje. Él entendió que las libaciones se reorganizan y llaman de regreso a pasados necesarios para la supervivencia de K’ulta. En el proceso, Tom ayudó a los etnógrafos a sentir cuán endeudada está la semántica histórica con los gestos, las semejanzas materiales, las afectivas y las formas de dar significado que aún no son habituales.

Fuente: SCA/ Traducción: Arturo Ramírez

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