Más perdido que antropólogo en celebración propia

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por SIMON THEOBALD

Me sigue sorprendiendo que a las personas que pasan gran parte de sus vidas tratando de entender los mundos sociales de los demás les resulte tan difícil llevarse bien con sus propios mundos sociales. Es una especie de perogrullada entre los antropólogos que la razón por la que muchos se adentran en la disciplina es porque se sienten tan desorientados en su propia cultura que tienen que encontrar un sentido de seguridad «social» en otra. A la par con esto parece haber un rechazo generalizado a los rituales y celebraciones fundamentales de la cultura nativa del antropólogo. Varios académicos que trabajan en antropología, a pesar de tener antecedentes con una tradición establecida de «Navidad», me han dicho que «no celebran la Navidad», sino que eligen escaparse, ir al extranjero o recopilar más datos.

Hasta hace relativamente poco tiempo, me habría contado entre esas personas. La Navidad se asentó en una trayectoria de eventos en el ciclo ritual que perdió cada vez más significado desde mi infancia. Primero sacaron a Papá Noel, y luego cualquier apariencia de creencia en el cristianismo, hasta que terminó como un marcador para el fin de año, algo que requiere un frustrante viaje al centro comercial en busca de regalos en los que posiblemente nadie pensará luego de una semana de haberlos recibido.  

Sin embargo, en las últimas Navidades estuve fuera del país. En Budapest pasé el día de Navidad deambulando tranquilamente por las calles vacías de la ciudad con mi novia. Al otro año estuvimos en Mashhad, Irán. En ciudades con poblaciones de minorías cristianas notables como Teherán y Esfahan, no era raro ver carteles de los bancos celebrando la solidaridad de la ocasión con “los connacionales armenios y asirios” [hamvatan-e armani va ashuri], e incluso tiendas que venden productos navideños y decoraciones despojadas de sus orígenes «religiosos» para la mayoría musulmana. Sin embargo, en Mashhad, con solo una iglesia tapiada, la Navidad no era un evento, nuestros amigos luchaban por distinguir entre Navidad y Año Nuevo.

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Pero Irán se toma muy en serio sus propias celebraciones rituales. Las festividades islámicas y los períodos de luto como Ashura son eventos importantes, mientras que las festividades que alguna vez estuvieron asociadas con el zoroastrismo como No-Ruz (Año Nuevo) y Shab-e Yalda (el solsticio de invierno) continúan siendo ampliamente observadas entre las familias musulmanas, religiosas y no religiosas. A pesar de su desconocimiento de la Navidad, los amigos nos animaron a aprovechar al máximo el evento. Y así lo hicimos, adornando nuestro pequeño apartamento con la mayor profusión de adornos navideños (todos tejidos a mano) que probablemente nunca hayan adornado un espacio tan pequeño, y preparando, lo más parecido que pudimos, a una comida navideña adecuada (pollo frito y pudín de Navidad sin alcohol). Los amigos se unieron a nosotros para tomarnos fotos con trajes y sombreros de duende.

Pero de lo que realmente me convenció la celebración fue de la relevancia continua de los eventos rituales en un ciclo anual. Tanto se habla en Estados Unidos sobre la llamada «guerra por la Navidad», y la preocupación de que el «verdadero significado religioso» del evento está siendo despojado de ella, la Navidad, como muchas otras festividades, tiene una sensibilidad que trasciende la interpretación correcta y los orígenes adecuados. Se nos animó a dar sentido al ritual en sus propios términos, no como una especie de sustituto de la creencia, como una mnemotecnia de otra cosa, o una “actuación” vacía, y creo que esto todavía se mantiene. En Irán, días como Shab-e Yalda y No Ruz brindaron momentos para participar en un sentido de solidaridad social y una reiteración de sentimientos de identidad colectiva que no necesitan estar expresamente relacionados con cuestiones de creencias.

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No tomes esto como prescriptivo. La Navidad es obviamente difícil para algunos. Pero aquellos de nosotros con “herencia navideña” que podríamos ser seculares, no religiosos y cada vez más curiosos de cuál sería el sentido de poner un árbol o ángeles en las ventanas (especialmente en el hemisferio sur, donde es verano), estamos contentos en la satisfacción de que los rituales pueden ser rituales por sí mismos. Déjalos ser y aprovecha la oportunidad de tener un sentido de comunidad.

Fuente: The Familiar Strange/ Traducción: Alina Klingsmen

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