Dejemos de idealizar a las sociedades de cazadores recolectores

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por DUNCAN STIBBARD HAWKES y CHRISTOPHER VON RUEDEN

En las orillas del lago Eyasi, en el norte de Tanzania, un pequeño número de personas todavía caza y recolecta sus alimentos. Hoy, un cazador hadza ha abatido un animal, un kudú. No puede transportarlo por sí solo, así que corta la flecha envenenada que quedó clavada en el costado del animal, cubre el cadáver con hierba seca para ocultarlo de las hienas y regresa al campamento para pedir ayuda.

La noticia se extiende como un reguero de pólvora por todo el campamento. Todos corren hacia el lugar donde está el animal. Dividen el cadáver, lo llevan de regreso y luego vuelven a repartirlo. Cada familia recibe una parte y, después de cocinar la carne, continúa el reparto. En un día bueno como el de hoy, el cazador y su familia conservan la mitad, pero a veces se quedan con mucho menos. Incluso pueden llegar personas de otros campamentos y, en general, casi todos los que viven a varios kilómetros a la redonda tienen derecho a una parte.

La escena posterior a la cacería parece idílica. Ofrece una imagen casi paradigmática del igualitarismo y la igualdad. Sin embargo, nuestra experiencia como antropólogos que trabajamos con los hadza de Tanzania y con los tsimane de la selva amazónica boliviana indica que las desigualdades forman parte incluso de las sociedades más igualitarias. Además, las igualdades que existen a menudo surgen de motivaciones egoístas.

Este tipo de observaciones está modificando la manera en que los investigadores entienden tanto el pasado como el funcionamiento de las sociedades actuales, en un momento en que la desigualdad crece en todo el mundo. Los cazadores-recolectores suelen ocupar un lugar central en intensas disputas académicas sobre lo que significa ser humano, incluidos los debates sobre el género, la guerra y la paz, y sobre si los seres humanos son, por naturaleza, igualitarios o jerárquicos.

A veces, estos debates simplifican demasiado las cosas. Por eso reunimos cientos de fuentes diferentes, correspondientes a más de un siglo de investigaciones etnográficas, para averiguar hasta qué punto las sociedades de cazadores-recolectores y otras sociedades de subsistencia son realmente igualitarias.

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¿Existe alguna sociedad verdaderamente igualitaria?

Los antropólogos han llamado a los cazadores-recolectores como los hadza “sociedades igualitarias”, caracterizadas por la igualdad en el poder, la riqueza y el estatus social. Y es cierto que las comunidades tradicionales de subsistencia con las que trabajamos consiguen limitar muchas desigualdades.

La mayoría de las familias posee bienes similares y modestos, y almacena poca riqueza material. Cuando surgen líderes, tienen importantes limitaciones para dirigir a otras personas. Las decisiones suelen tomarse por consenso y, cuando no se alcanza un acuerdo, las familias pueden alejarse y establecerse en otro lugar.

Aunque esos mismos antropólogos también señalan que algunos cazadores-recolectores son muy desiguales y que la igualdad requiere un esfuerzo deliberado, la impresión predominante es que la igualdad caracteriza a los cazadores-recolectores, tanto del pasado como del presente.

Una visita rápida a una librería local permite encontrar afirmaciones ambiciosas: que las sociedades de cazadores-recolectores del pasado no tenían liderazgo permanente ni jerarquías; que la desigualdad solo se extendió con el desarrollo de la agricultura; y que los seres humanos son nobles por naturaleza.

Algunos científicos están cuestionando estas representaciones utópicas. El popular libro superventas The Dawn of Everything describe el igualitarismo como una “narrativa del Jardín del Edén” carente de sustancia. Otros investigadores han llamado a las sociedades igualitarias un mito científico sobre nuestros orígenes.

Entonces, ¿dónde está la verdad? Probablemente en algún punto intermedio.

La desigualdad entre los cazadores-recolectores

En nuestra reciente revisión amplia de las evidencias disponibles desde comienzos del siglo XX, descubrimos que ninguna sociedad carecía de desigualdad.

Al igual que los hadza, los ju/’hoansi del desierto del Kalahari, en el sur de África, poseían pocas propiedades y compartían ampliamente los alimentos. Sin embargo, determinadas familias controlaban valiosos territorios de caza alrededor de los pozos de agua. Los bayaka de la selva tropical de África central tenían poca desigualdad material, pero compraban, vendían y acumulaban conocimientos rituales. Los agta de Filipinas controlaban y concertaban los matrimonios de sus hijos y discriminaban fuertemente a los huérfanos.

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Las desigualdades de género eran habituales. Entre los hadza de Tanzania, ciertos cortes de carne están reservados exclusivamente para los hombres mayores y se respeta más a los mejores cazadores. En distintas sociedades, las mujeres se han ocupado universalmente de una mayor parte de la crianza directa de los hijos, mientras que los hombres han participado con mayor frecuencia en la toma de decisiones a nivel comunitario.

Ninguna sociedad carece de formas informales de liderazgo. La edad era otra fuente de desigualdad. En muchas sociedades australianas, los hombres mayores controlaban secretos rituales y tenían poder sobre las decisiones matrimoniales de sus parientes más jóvenes.

La igualdad surge del interés propio

Nuestro estudio también mostró que, aunque los cazadores-recolectores suelen ser generosos, los procesos que limitan la desigualdad no requieren necesariamente generosidad. En cambio, la igualdad suele ser el resultado de motivaciones relacionadas con el interés propio: obtener recursos, estatus y autonomía.

Un excelente ejemplo es el reparto de alimentos. Aunque cada familia hadza recibe una parte de la carne de kudú, esto no ocurre necesariamente porque la familia del cazador priorice la igualdad general, sino porque las demás familias la reclaman con insistencia. Puede haber más apropiación que entrega, a menudo mediante demandas o quejas expresadas con firmeza.

Otro ejemplo es la ridiculización y la burla de las personas tacañas o presumidas, que contribuyen a mantener bajo control la codicia y la ostentación. Paradójicamente, la búsqueda de estatus también puede promover la igualdad cuando la cooperación para obtener estatus hace que este se distribuya por toda la comunidad.

El igualitarismo sigue vivo

Muchos de estos procesos que reducen la desigualdad resultan familiares para personas de todas partes.

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La ridiculización y la burla son omnipresentes en las sociedades industrializadas, desde las caricaturas políticas hasta las redes sociales. Ridiculizar a la autoridad es incluso habitual en sociedades autocráticas, donde los gobiernos gastan grandes sumas de dinero para reprimir la libertad de expresión. Las demandas y las quejas constituyen la base de las huelgas y la negociación colectiva. Y un elemento fundamental de la movilidad social es la cooperación entre personas pertenecientes a diferentes estratos sociales.

Como ocurre con muchos grandes debates, la verdad es compleja: nuestros antiguos antepasados cazadores-recolectores no alcanzaron los vertiginosos niveles de desigualdad que se observan en otras sociedades durante los últimos 6000 años, pero colocar a los cazadores-recolectores en un pedestal como modelos de igualdad es un error. Las afirmaciones generales sobre la igualdad en el pasado nos impiden ver las herramientas que probablemente permitieron a los antiguos cazadores-recolectores combatir la desigualdad, del mismo modo que ellos y las personas de todas las sociedades lo hacen en la actualidad.

Por lo tanto, es mejor entender el igualitarismo no como una igualdad perfecta, sino como un conjunto de herramientas que las personas utilizan para asegurar su propia autonomía y acceso a los recursos. La igualdad en una dimensión u otra puede ser el resultado, pero no depende de que las personas sean extraordinariamente nobles ni de que carezcan por completo de codicia o de deseos de obtener estatus. Si entendemos el igualitarismo como un conjunto de procesos que generan igualdad, podemos ver que constituye una realidad extendida entre las sociedades de cazadores-recolectores y también más allá de ellas.

The Conversation. Traducción: Maggie Tarlo

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