Es hora de repensar el árbol genealógico humano

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por IAN TOWLE – Universidad Monash

El árbol genealógico de la humanidad es largo y complejo. Los científicos clasifican a nuestros antiguos parientes en tres grupos conocidos: Homo, Australopithecus y Paranthropus.

Cada uno de estos es un «género», el rango jerárquico justo por encima de una especie (en Homo sapiens, Homo es el género y sapiens es la especie). Estos nombres dominan la forma en que hablamos sobre el origen humano. Sin embargo, los nuevos fósiles, los avances en el análisis genético y los métodos más rigurosos para determinar el parentesco entre organismos muestran que estas agrupaciones no reflejan la estructura real de nuestro árbol genealógico.

¿Ha llegado el momento de idear una nueva forma de clasificar a los humanos y a nuestros parientes extintos más cercanos? Como sostengo en un nuevo artículo en el American Journal of Biological Anthropology, el sistema actual requiere una revisión urgente.

En busca de las ramas familiares

El problema principal es que los grupos actuales a menudo no representan verdaderas ramas familiares, lo que los científicos llaman «clados». Un clado consta de un ancestro común y todos sus descendientes.

Existe también un segundo problema. Lo ideal sería que un género también aportara información sobre el comportamiento, los rasgos clave o el estilo de vida compartidos por todas las especies que lo integran. Australopithecus (que incluye al famoso esqueleto de «Lucy») es el caso más claro. Los análisis a gran escala concluyen sistemáticamente que este género no es una rama familiar real.

El problema se remonta a la forma en que se definió el género en su origen: no por una ascendencia compartida, sino por un estilo de vida o apariencia comunes. Los fósiles recientes muestran que rasgos como el tamaño del cerebro y la marcha, así como la dieta y el comportamiento, no se corresponden claramente con el árbol genealógico real.

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Los rasgos humanos distintivos son difíciles de encontrar

Homo enfrenta sus propios problemas. Características que antes se consideraban definitorias de nuestro género, como el cerebro grande, el uso de herramientas, los cambios en la dieta y el bipedestación exclusiva en tierra firme, han sido cuestionadas por descubrimientos recientes. Especies como Homo naledi y Homo floresiensis (la llamada especie «hobbit») combinan cerebros pequeños y otros rasgos «primitivos» con características típicas de otras especies de Homo.

En la actualidad, resulta difícil nombrar un solo rasgo compartido por todas las especies de Homo que no se encuentre también en alguna especie de Paranthropus o Australopithecus. Esto se debe a que las diferentes partes del cuerpo evolucionan a ritmos y en direcciones distintas, en lo que se conoce como evolución en mosaico. Además, los rasgos tienden a evolucionar independientemente más de una vez en diferentes linajes cercanos sometidos a presiones similares.

Por otra parte, comportamientos clave que asociamos con el ser humano aparecieron mucho después que el género mismo. Los miembros más antiguos de Homo, tal como se define actualmente, incluyen especies de cerebro muy pequeño que incluso podrían haber evolucionado de manera independiente a partir de diferentes linajes de Australopithecus. De igual forma, las especies de cerebro pequeño que sobrevivieron más tiempo, mencionadas anteriormente, podrían tener orígenes independientes sorprendentemente antiguos.

Ni siquiera Paranthropus, que es quizás el más distintivo físicamente de los tres por sus mandíbulas pesadas y molares enormes, está exento de dudas. Durante mucho tiempo se interpretaron esas características como adaptaciones para consumir alimentos duros como nueces; sin embargo, las evidencias actuales sugieren que las especies del este y del sur de África se alimentaban de forma muy diversa y ninguna dependía en gran medida de alimentos duros.

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Algunos investigadores sostienen que el grupo podría no ser un único linaje, sino dos grupos regionales independientes que desarrollaron dientes de gran tamaño. Esto significaría que Paranthropus tampoco sería una rama familiar real, aunque hoy en día la mayoría de los investigadores considera que este grupo es el más probable de los tres en constituir un clado auténtico.

En conjunto, hoy existen pocas evidencias anatómicas, conductuales o ecológicas que justifiquen mantener estos tres géneros.

Por qué importa la clasificación

Esto puede parecer una cuestión semántica abstracta. Sin embargo, cuando los nombres de los géneros no reflejan relaciones reales, pueden oscurecer los patrones de descendencia, exagerar las diferencias entre grupos y reforzar la noción obsoleta de «primitivo contra avanzado». Con un registro fósil en rápido crecimiento y mejores métodos para reconstruir los árboles genealógicos, la brecha se ha vuelto demasiado grande para ignorarla.

Una solución consiste en agrupar a Australopithecus y Paranthropus en un solo género Homo mucho más amplio, el cual representaría una rama real y completa del árbol genealógico. Esto resolvería el problema de los grupos que no constituyen un clado real, alinearía nuestra clasificación con el tratamiento que se da a las especies no humanas y explicaría mejor la hibridación entre linajes cercanos a lo largo de los últimos millones de años.

Modificar la clasificación tendría ciertos costos. Se perderían algunas distinciones intuitivas en las que se basan los investigadores, en especial la singularidad ecológica y física de Paranthropus y, más adelante, de los miembros de Homo con cerebros grandes.

El lenguaje debe adaptarse a la comprensión

El registro fósil muestra cada vez más una gran diversificación evolutiva que comenzó hace unos 4 millones de años, con variaciones sustanciales en la dieta, el tamaño del cerebro, la locomoción y el tamaño de los dientes entre los grupos, de formas que no siempre coinciden con sus relaciones reales. Un grupo tan amplio y complejo, modelado por migraciones y repetidas aceleraciones evolutivas en rasgos y comportamientos particulares, se describe de mejor manera bajo un solo género.

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Nuestro lenguaje cotidiano también está cambiando. En las últimas décadas se reconoció formalmente a los humanos como grandes simios, en el sentido de pertenecer a la misma familia que los chimpancés, gorilas u orangutanes (Hominidae); sin embargo, en el uso cotidiano, la palabra «simio» suele excluir a los humanos.

De manera similar, se suele asumir que «mono» es un grupo evolutivo genuino, pero no lo es. Los monos del Nuevo Mundo tienen un parentesco más lejano con los monos del Viejo Mundo y los simios que el que tienen estos dos últimos grupos entre sí. Quien escuche constantemente «monos, simios y humanos» puede sacar conclusiones equivocadas sobre nuestras relaciones evolutivas.

Por lo tanto, nos encontramos en un periodo de transición sobre cómo abordamos nuestro lugar en el árbol genealógico de los primates, tanto en la ciencia como en el lenguaje cotidiano. Dado que la biología adopta cada vez más una taxonomía que refleja relaciones evolutivas reales, tal vez sea momento de que nuestra terminología y la forma en que hablamos de nosotros mismos se pongan al día.

The Conversation. Traducción: Clara Veldrán.

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