Plantaciones

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por SOPHIE CHAO – Universidad de Sídney   

Este ensayo rastrea la evolución del pensamiento antropológico en torno a las plantaciones a través del prisma de tres puntos de inflexión conceptuales: la economía política, los enfoques más que humanos y los estudios críticos de la raza. Estos puntos de inflexión, que no son exclusivos ni exhaustivos, operan de la manera más productiva a través de sus reverberaciones, refracciones y resonancias mutuas, así como mediante los reproches y rechazos que cada uno ha enfrentado a la luz de las omisiones y elisiones que conllevan. En su conjunto, enriquecen la forma en que los antropólogos abordan las plantaciones en términos metodológicos, conceptuales y éticos: como una formación agrícola y, mucho más allá, como una institución dominante y creadora de raza de la modernidad capitalista.

La investigación en ciencias sociales basada en los Estados Unidos a principios y mediados del siglo veinte buscó desarrollar una tipología comparativa de las plantaciones centrada en los regímenes laborales y de propiedad, y su relación con las tierras y los cuerpos puestos a trabajar y sobre los cuales se trabajaba. Al escribir en la década de 1930, por ejemplo, Edgar Thompson se basó en los monocultivos de caucho, cáñamo y tabaco del sur de los Estados Unidos para conceptualizar la plantación como una institución económica industrial; una institución política que reclama el monopolio de la violencia; una institución de asentamiento que organiza a los pueblos en los territorios; y una institución cultural que divide a propietarios y trabajadores a lo largo de líneas raciales o étnicas. Adeptos posteriores, incluidos Sidney Mintz y Eric Wolf, trazaron más conexiones en América Latina y el Caribe entre la cultura de la plantación de azúcar, las historias capitalistas globales y los contextos político-económicos de la clasificación social jerárquica a través de comparaciones críticas entre la plantación y otras instituciones de la tierra, como la granja, el señorío, el rancho, la hacienda, la mina, la misión y el Estado. Hoy en día, los análisis político-económicos siguen estando a la vanguardia de gran parte de la teorización contemporánea de la plantación, como lo ejemplifica la investigación de Tanya Li y Pujo Semedi sobre los monocultivos de palma aceitera en Indonesia, donde la plantación corporativa, como una fuerza de ocupación, invade y reconfigura las prácticas, los procesos y las relaciones dentro y fuera del sitio de la plantación, con sus lógicas colonial-raciales firmemente arraigadas en la ley y el discurso político contemporáneos de Indonesia.

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El antropocentrismo percibido en la economía política clásica propició el surgimiento de estudios que se centran en las formas y los efectos multiespecie del complejo agroindustrial. Gran parte de esta producción académica fue impulsada por la acuñación del término «Plantacionoceno» en 2015 por Donna Haraway y otros autores para referirse al «rápido desplazamiento y reformulación del germoplasma, los genomas, los esquejes y todos los demás nombres y formas de fragmentos de organismos y de plantas, animales y personas desarraigados». El Plantacionoceno ayuda a desenredar las agencias distribuidas de las plantas y las personas dentro de lo que Arturo Escobar llama «naturalezas capitalistas». Llama la atención sobre los cultivos comerciales como capital vivo cuya vitalidad biótica importa para la productividad de los paisajes agroindustriales. Pone de relieve la persistente (i)lógica de la maestría y el control humanos en y a través de la cual las plantas y las personas se vuelven explotables o desechables: ¿con qué fin, para beneficio de quién y a qué costo? En el proceso, las plantaciones se revelan como productos de lógicas hegemónicas de disciplina que, no obstante, están incrustadas y son generadas por contextos temporales, espaciales, multiespecie y materiales específicos; en una palabra, las plantaciones son «fragmentarias». Esta fragmentación llama la atención sobre las simplificaciones modulares y las proliferaciones salvajes que animan los paisajes capitalistas, el desafío y la necesidad de reconocer la violencia de la plantación al tiempo que se atiende a sus emergencias y posibilidades, y el imperativo de replantear las injusticias interseccionales en el nexo del agronegocio tanto dentro como más allá de lo humano.

Los estudios multiespecie de la plantación han sido criticados tanto por eludir las violencias y vulnerabilidades humanas generadas por el agroindustrialismo como por ignorar las genealogías de pensamiento de larga data en los estudios críticos de la raza que atienden a las complejas relaciones entre raza, cultura, ecología y especie. Janae Davis, Alex A. Moulton, Levi Van Sant y Brian Williams, por ejemplo, centran las ecologías negras como prácticas innovadoras de parentesco multiespecie, en las que el conuco o parcela, donde los esclavos de las plantaciones cultivaban sus propios alimentos, constituía un sitio vital para nutrir modos de vida negros de oposición y resistencia al sistema de mercado. Las éticas de la parcela, señalan, estaban fundamentadas en luchas político-raciales al mismo tiempo que guiaban la interacción humana con el mundo no humano hacia el bienestar multiespecie, actuando la tierra como el medio unificador que reunía a humanos y no humanos en ensamblajes socioecológicos de reciprocidad, resistencia y rechazo. En lugar de oponer los daños humanos a los no humanos, los académicos de los estudios críticos de la raza han llevado más allá la invitación a pensar en las plantaciones a través de la lente de la vulnerabilidad racial y ecológica compartida. Joshua Bennett, por ejemplo, teoriza los cuerpos en la plantación como un «sitio de posibilidad» a través del cual se podrían forjar y encarnar otros tipos de potencialidades comunitarias, a medida que los humanos y los no humanos delimitan modos de solidaridad y socialización nacidos de formas entrelazadas de opresión.

Lo que descubren estos enfoques conceptuales es que no existe tal cosa como «la» plantación. Aunque presentan ciertos motivos recurrentes a través del tiempo y el espacio, las plantaciones son tan situadas y diversas como las genealogías intelectuales que han buscado elucidarlas y analizarlas. Son tanto su especificidad como su recursividad lo que las hace buenas, o productivas, para pensar. Las plantaciones nos llevan a preguntar: ¿cuáles son los potenciales y los límites de la comparación al abordar las vidas y las posvidas de las plantaciones como sitios de extracción, extinción y emergencia humana y más que humana? ¿Qué formas de esperanza, reconocimiento y reparación ecológica son vislumbrables en medio y tras la estela de la plantación? ¿Qué lugar hay para el deseo, el amor, el cuidado y el placer junto a la violencia, la injusticia, el rechazo y la resistencia en el entorno de la plantación? ¿Cómo llegamos a conocer la plantación como estructura ideológica, efecto corporal e infraestructuras afectivas? ¿Qué formas de encantamiento son posibles dentro de las plantaciones como posibles ejemplos de una «supernaturalezacultura», animada por agentes humanos y no humanos, pero también por espíritus, fantasmas, monstruos, los muertos y los ancestros?

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Más allá de las genealogías intelectuales y las preguntas esbozadas anteriormente, es crucial recordar que el pensamiento en torno a las plantaciones y las alternativas a ellas se apoya en los hombros de miles de activistas a lo largo del tiempo y en todo el mundo que han luchado, y que continúan luchando, por el acceso a la tierra y a la libertad, incluido el derecho a habitar, poseer, gestionar, cultivar, trabajar y soñar con dichas tierras de acuerdo con los principios de soberanía y autodeterminación. Es tal vez en conversación con estos actores de base donde mejor podemos responder a la pregunta vital planteada por Katherine McKittrick: ¿qué tipo de futuro puede darnos la plantación?

Cultural Anthropology. Traducción: Mara Taylor

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