Darwin hoy

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Ilustraciones: Carolina Arriada para AntropoUrbana.

por C. BRANDON OGBUNU – Universidad de Yale

Durante el semestre de otoño de 2025, impartí un seminario de posgrado titulado “Pensamiento darwiniano y sociedad”. Aunque la enseñanza siempre debe derivar de la generosidad y el deseo de compartir conocimientos, mis motivaciones fueron en parte egoístas. El curso fue una oportunidad para volver a comprometerme con las ideas fundacionales de Darwin en compañía de algunos de los científicos jóvenes más brillantes que he conocido.

Las conversaciones en torno al primer libro que leímos, El origen de las especies (1859), fueron en su mayoría familiares. A menudo discutíamos su uso de la evidencia y su voluminoso conocimiento de la historia natural. Pero destacaron otras características. Por ejemplo, la manera en que el libro presentaba su argumento teórico es distinta a lo que hacen las obras científicas actuales. El libro no contiene ecuaciones y solo una figura, un diagrama a menudo descrito como el primer árbol filogenético del mundo. No contiene un diseño experimental detallado. No hay métodos estadísticos ni cálculos de potencia. Sin embargo, las ideas que contiene se encuentran entre las más radicales y peligrosas del canon occidental. En 2026, la ciencia se ha visto obligada a entrar en una fase de profunda reflexión con respecto a su presente y su futuro. Revisar a Darwin ofrece lecciones útiles para el terreno que ocupamos ahora.

Una de las revelaciones del curso fue algo que ya sabía pero que no había absorbido por completo: que el aspecto más convincente de la obra de Darwin es la manera en que organizó, escenificó y presentó las pruebas. Darwin no persuadía con números, axiomas estrictos o formalismos. Construía mundos para que el lector los habitara, de tal modo que nuestras dudas se colapsan bajo la presión constante de sus observaciones, hilvanadas mediante giros lingüísticos. En este sentido, El origen de las especies, posiblemente el tratado científico más importante desde Principios matemáticos de la filosofía natural de Isaac Newton, puede describirse responsablemente como una obra de prosa y comunicación científica. Y su corpus más amplio es un regalo porque fomenta la conversación en lugar de la provocación infructuosa y nos permite discutir, con claridad, incluso sus ideas más controvertidas.

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El primer día de clase, bromeé con los estudiantes diciéndoles que yo interpretaría el papel de su tío políticamente conservador. Es decir, que no habría advertencias de contenido ni ninguno de los amortiguadores que se han vuelto habituales en los cursos universitarios que incluyen la exposición a ideas y lecturas con lenguaje o contenido ofensivo. Les dije que leeríamos los libros de Darwin tal y como fueron escritos e intentaríamos comprenderlos, y que si no les gustaba eso, se matricularan en un curso diferente. La lección mayor era sencilla: para estudiar un mundo complejo, hay que leer material difícil y aprender a interpretarlo con rigor y empatía.

Estaba preparando a la clase para las opiniones de Darwin sobre la raza y el género, ideas que complican muchas de nuestras opiniones mayoritariamente positivas sobre él (incluida la mía). Parte de mi memoria selectiva, que degrada sus posturas problemáticas, tiene respaldo: existe bibliografía sobre lo progresista que era en comparación con científicos como su primo Francis Galton, quien acuñó el término “eugenesia” en 1883. Pero leer el libro de Darwin de 1871, El origen del hombre, en un aula con varias mujeres jóvenes de todo el mundo suavizó mi rígida postura de que la respuesta correcta ante posturas retrógradas es simplemente superarlas. Sigo creyendo que negarse a leer o interpretar una obra así es poco académico. Pero también llegué a admitir algo que había estado demasiado ansioso por dejar de lado: incluso cuando consideramos el contexto histórico, sigue habiendo algo doloroso en leer a un gigante de la ciencia describir las diferencias humanas en el lenguaje de la jerarquía, el rango y los niveles de civilización.

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En términos más generales, la experiencia me enseñó que la educación científica no es meramente la transferencia de ideas correctas de una generación a la siguiente. Es también un aprendizaje en el juicio. Es donde los estudiantes aprenden a manejar la brillantez contaminada por el prejuicio, cómo leer con atención sin adoración y cómo separar la importancia histórica de la inocencia moral. No protegemos la ciencia fingiendo que sus héroes eran inexpugnables. La protegemos mostrando que la búsqueda de la verdad es una larga caminata por un terreno accidentado.

En conversaciones casuales, grupos de amigos y yo hemos realizado el experimento mental de cómo sería Darwin si estuviera hoy entre nosotros. Por lo general, nuestros resultados resaltan algunas de sus peculiaridades: era naturalista pero solo recibió educación formal en medicina (estudios que no terminó) y teología. Era rico y estaba bien relacionado, pero no fue un estudiante excepcional y carecía de las inclinaciones matemáticas de algunos de sus contemporáneos. Pero hay una dimensión más provocadora en el ejercicio de reflexión. Sostengo que el Darwin de 2026 mantendría la misma obsesión de sabio por la naturaleza, pero la aplicaría a las cuestiones sociales más complejas de hoy. Sus intereses seguramente trascenderían la historia natural y las teorías de la evolución. Le importaría la crisis de la desinformación, la ciencia del clima y tendría opiniones sobre cómo vivir en un mundo trastornado por la inteligencia artificial y las amenazas a la democracia. No le importaban mucho las fronteras disciplinarias en su época, y no le importarían ahora. El escritorio de su ordenador tendría docenas de carpetas, algunas con artículos sobre aprendizaje automático y otras llenas de monografías sobre ornitología. Y las leería todas.

Lo que ofrezco puede sonar obvio para algunos, pero la multiplicidad que descubrí en Darwin está lejos de lo que veo fomentado en los científicos de hoy. En mi opinión, el progreso científico puede resumirse como una carrera por premios y la capacidad de gamificar las métricas, tanto como cualquier otra ambición. Construimos reputaciones en espacios de ideas a menudo dominados por facciones. Se nos penaliza por pivotar hacia nuevas áreas de investigación. Inundamos el mercado con ideas, esperando que alguna de ellas prenda fuego. Seguramente, el amor por el mundo natural vive en algún lugar de ahí, pero la estructura de incentivos nos ha convertido a muchos en modelos lingüísticos humanos, donde a veces no nos importa qué medimos ni por qué, siempre que aterrice en las páginas de una revista prestigiosa. En este aspecto, al menos, no puedo evitar lamentar lo mucho que hemos caído desde los días de Darwin, incluso si la ciencia ha mejorado en muchos aspectos (por ejemplo, es mucho más diversa e inclusiva que en su época). Para Darwin, al menos, la ciencia era una conversación entre los humanos y la naturaleza, más de lo que era una industria. Ojalá eso fuera cierto hoy para todos nosotros.

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Debido a que ofrezco críticas al status quo de la ciencia, a menudo se me caracteriza como una especie de vaquero (caritativamente) o un tábano (una etiqueta que me molesta). Pero lo que aspiro a ser, más que nada, es un hijo intelectual de Charles Darwin. Con esto no me refiero a un discípulo de cada creencia que sostuvo, ni a un devoto romántico de su época. Me refiero a alguien que cree que la ciencia es más grande que sus rituales, que debe ser hospitalaria con las mentes inusuales y que las verdades difíciles deben afrontarse directamente.

Undark. Traducción: Mara Taylor.

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