Los años 90: una década fácil de recordar mal

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por CHUCK KLOSTERMAN

El revolucionario sudafricano Nelson Mandela fue detenido y encarcelado en 1962, sobre el papel por incitar a los trabajadores a la huelga y por una infracción menor a la legislación vigente sobre viajes al extranjero. Eso es cierto y falso a la vez, ya que en realidad nadie cree que pueda condenarse legítimamente a alguien a veintiocho años de cárcel por hacerse pasar por un chófer. El verdadero delito de Mandela fue desear una sociedad en la que no hubiera clases y luchar de forma incansable y desde varios frentes por el fin del apartheid, la represión racial institucionalizada elevada a la categoría de ley en Sudáfrica durante más de cuarenta años. Las negociaciones para acabar con el apartheid se pusieron en marcha en la primavera de 1990, apenas tres meses después de que Mandela saliera de la cárcel, el 11 de febrero de ese año. Su liberación se retransmitió en directo por televisión a todo el mundo. Dos días después, Mandela pronunció un discurso ante más de cien mil personas en un estadio de fútbol de Johannesburgo. Mandela recibió el Premio Nobel de la Paz en 1993; al año siguiente, se convirtió en el primer presidente negro de Sudáfrica, un cargo que ocupó cinco años. Esa transformación sigue siendo, para gran parte del planeta, el acontecimiento global de mayor trascendencia de los noventa. No lo es, en cambio, para la considerable cantidad de tarados que en Estados Unidos siguen convencidos de que Mandela murió en la cárcel en los ochenta.

La creencia errónea de que Mandela murió en los años ochenta (y no en diciembre de 2013, que es cuando sucedió en realidad) ha dado lugar a una nueva categoría dentro de las teorías de la conspiración conocida como «efecto Mandela». Bautizada así en 2009 por la investigadora de lo paranormal Fiona Broome, el efecto Mandela es un engaño colectivo por el que grandes franjas de la población conservan falsos recuerdos muy parecidos entre sí sobre una serie de acontecimientos aleatorios. Muchas veces, esos recuerdos distorsionados tienen que ver con realidades efímeras de la cultura popular: la forma de escribir el nombre de algún producto de consumo de poca importancia, unas líneas de diálogo icónicas tan famosas como incorrectas o una película para niños protagonizada por el cómico Sinbad que jamás existió. La explicación más desatada de ese fenómeno habla de mecánica cuántica y de la posibilidad de las realidades alternativas; la explicación más racional es que muchos de esos recuerdos se generaron a principios de los noventa, un periodo en el que la obsesión con la cultura popular se incrementó exponencialmente, pero en el que no había un mecanismo que lo recordara todo de forma automática.

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La subsistencia y la identificación masiva de fenómenos como el efecto Mandela solo podían cristalizar en la era de internet. Sin internet, no habría ninguna plataforma universal en la que discutir formalmente un concepto tan absurdo, ni habría manera de rebatir de forma eficaz y convincente recuerdos erróneos tan dispares. Y, aun así, lo que hay tras el efecto Mandela — los objetos e ideas que se recuerdan equivocadamente— remite en casi todos los casos a una época en la que el uso de internet aún no se había generalizado. Costaba más rebatir una falsedad. Como sociedad, hemos optado por ignorar que muchas personas de los años noventa — muchas personas actuales, la mayoría de las cuales siguen estando hoy muy vivas— no tenían ningún problema con no saber nada a ciencia cierta. Hoy en día, parafrasear los hechos históricos establecidos o poner en duda los datos empíricos se considera una opción ideológica, antiintelectual. Pero, hasta finales de los noventa, era a menudo la única disponible.

Es difícil explicar las pequeñas diferencias entre la vida en la década actual y la vida en la década de los noventa a cualquiera que no haya vivido esos dos periodos de tiempo siendo adulto; mucho más que explicar la diferencia en el día a día entre la vida en los sesenta y los noventa. En su mayor parte, la disonancia entre los sesenta y los noventa tiene que ver con el modo en que las cosas se diseñaban, producían y empaquetaban. Un adolescente de 1960 compraba música en formato físico en un disco circular de polivinilo; la versión de 1990 de ese mismo adolescente compraba música en formato físico en un disco circular de policarbonato. El precio de un disco en 1960 era de unos tres dólares, lo que se convertía de forma exacta en 13,25 dólares de 1990. Esa evolución es fácil de comprender, a diferencia de la profunda disonancia estructural entre la experiencia de consumo en 1990 y la de 2020. Una persona nacida en el siglo XXI no es capaz de entender por qué alguien pagaría 13,25 dólares por doce canciones preseleccionadas que solo podían reproducirse en un aparato electrónico concreto de gama alta sin ninguna otra función. Sobre todo porque ahora es posible acceder al instante y desde cualquier lugar del mundo a gran parte de la música existente por menos de 10 dólares al mes. Para quienes han experimentado esos dos paradigmas en primera persona, la explicación de por qué el primero no parecía una idiotez es tan simple como abstracta: «Porque funcionaba así. Eso era lo que se hacía». Para los que no vivieron esa época, la diferencia es tan desquiciante que apenas merece consideración. No es como la distancia que existe entre conducir un coche o montar a caballo. Es como la distancia que existe entre encender un fuego o acurrucarse en la oscuridad a esperar a que salga el sol.

Imagina a un grupo de amigos sentados alrededor de la mesa de un bar en 1993. Si el nombre de Nelson Mandela surgía en la conversación, no solo no había una manera inmediata de comprobar si estaba vivo o muerto, sino que semejante comprobación no se consideraba necesaria. Si la conversación era informal y no había nada en juego, el recuerdo anecdótico era más que suficiente. El hecho de que la mayoría de los presentes creyera que Mandela estaba muerto se consideraba un consenso viable. Si dos de esas personas recordaban erróneamente haber visto su funeral de Estado por televisión a altas horas de la noche, la combinación de esos falsos recuerdos se solidificaba en forma de realidad compartida. Al acabar la noche, todos los que compartían esa mesa tenían la sensación de haber visto el mismo acontecimiento imaginario. Así es como funciona la mente, por un proceso de refuerzo cognitivo y confabulación mental. Los falsos recuerdos han existido desde que el primer humano intentó recordar algo por primera vez. Lo que hace únicos a los noventa es la enorme cantidad de información que era posible recordar erróneamente, a lo que se sumaba la no existencia de un repositorio cibernetizado en el que esa información pudiera ser categorizada. No solo había más cadenas de televisión que nunca, sino que todas ellas emitían durante un número de horas sin precedentes (la práctica tradicional de las cadenas de dar por finalizada la programación a medianoche o a las dos de la madrugada —por lo general con la emisión del himno nacional— había desaparecido del todo al finalizar la década). Mucho de lo que se emitía en directo no se guardaba de forma permanente, y a menudo se grababa encima para ahorrar costes (parte del poco material que se conserva de ese periodo lo grabó una ciudadana de a pie, Marion Stokes, una mujer de Filadelfia que grabó y almacenó de manera compulsiva más de 40.000 cintas de VHS de informativos entre los años de 1979 y 2012, y que acabó donando su colección al Archivo de Noticias de Televisión Vanderbilt).

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Los noventa fueron la edad de oro de la prensa local y de las revistas femeninas, pero la mayoría de los ejemplares se destruían o reciclaban al cabo de un mes y nunca se convirtieron en archivos digitales. Fue una década en la que lo veías todo antes de no volver a verlo nunca más.

(*) Fragmento de Chuck Klosterman, Los noventa, Península, Barcelona, 2023, pp. 21-25

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