
por MARCELO PISARRO
El domingo 13 de julio de 2014, a las dos de la tarde, la ensayista y crítica literaria Beatriz Sarlo fue a un museo de arte de la ciudad de Buenos Aires. La frase exige una explicación. Porque lo notable no es el día, ni la hora, ni siquiera el destino, sino el consenso construido durante semanas de noticias, expectativas y fervor colectivo que limitaban lo que era posible hacer ese día, a esa hora, en cualquier destino de la ciudad. Ese día, en ese momento, cuando Sarlo fue al museo de arte, faltaban dos horas para la final de la Copa Mundial de Fútbol en el estadio Maracaná. Alemania terminaría derrotando a Argentina por un gol a cero.
Cuando llegó al MALBA, el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, encontró un cartel colgado en la puerta. El museo había cerrado antes de horario debido al partido. Al día siguiente contó el episodio en un programa televisivo de análisis político. Dijo que había llamado a Alemania, el rival, para preguntar si los museos también habían cerrado allí y le respondieron que no, por respeto a la libre elección del público. Llamó después a Brasil, sede del Mundial, y recibió la misma respuesta. “Somos un país raro”, concluyó, entre la queja cívica y la ironía. La anécdota se volvió viral antes de que esa palabra se usara con la naturalidad con que se usaría un par de mundiales después. Muchos la interpretaron como una muestra de elitismo cultural o de incapacidad para comprender la pasión popular. Tres mundiales después, sin embargo, la fuerza de aquella escena ya no parece residir ni en el fútbol ni en la cultura. Reside en la geografía.
Los mundiales producen una ilusión cartográfica extraordinaria. Durante varias semanas reorganizan el planeta. O, al menos, la manera de imaginarlo como algo más que un conjunto de personas dispersas sin demasiadas razones para saber nada unas de otras. Las transmisiones televisivas muestran mapas cubiertos por colores nacionales, estadísticas globales de audiencia y gráficos que sugieren una sincronización casi perfecta de la experiencia humana. Desde Montevideo hasta Yakarta, desde Lagos hasta Berlín, desde Arequipa hasta Melbourne, todos parecen estar mirando lo mismo, pensando lo mismo, habitando el mismo tiempo. La pelota funciona como una especie de meridiano universal. El Mundial ofrece algo que pocas instituciones contemporáneas todavía pueden producir: una imagen convincente de totalidad. Que, como ocurre con cualquier imagen convincente de totalidad, depende de la eficacia del borrado.
Los mapas nunca son copias inocentes del mundo. Encubren, jerarquizan, omiten. Desde los mapas imperiales romanos hasta las divisiones electorales contemporáneas, pasando por los planos inmobiliarios, las rutas prediseñadas por GPS y las zonificaciones turísticas, la cartografía siempre ha sido una tecnología de selección. Mostrar algo implica ocultar otra cosa. Trazar una ruta supone eliminar otras trayectorias posibles. El mapa —esto se dijo mil veces y todavía conviene repetirlo— nunca es el territorio. Es una narración acerca del territorio elaborada desde alguna posición de poder.

Algo parecido ocurre con el Mundial. Es una enorme maquinaria de construcción de signos de afinidad y rechazo que establece qué merece atención y qué puede esperar. La programación cultural se modifica. Los horarios laborales se alteran. Los comercios adaptan su funcionamiento. Las escuelas debaten qué hacer los días de partido. Las ciudades cambian de ritmo. Los museos cierran antes. Y todo eso se vuelca en la representación dominante de la vida cotidiana. El acontecimiento deportivo se convierte en una infraestructura invisible capaz de reorganizar comportamientos, desplazamientos y expectativas. Lo notable no es que mil quinientos millones de personas quieran ver una final. Lo notable es que la organización del espacio urbano termina actuando como si todos quisieran verla.
Eso fue, en realidad, lo que encontró Sarlo frente al museo. No encontró simplemente una puerta cerrada. Encontró evidencia física de una cartografía dominante. Había imaginado una ciudad organizada según otra distribución de deseos posibles. La ciudad le respondió con un límite. No era una discusión entre alta cultura y cultura popular, cualquier cosa que signifique esa diferencia. Fue el encuentro entre dos formas incompatibles de habitar el espacio: entre un mapa naturalizado, dado por sentado, y lo que sucede cuando alguien decide que sus propios recorridos, o sus propios deseos, también deberían ser cartografiados.
Los contramapas no buscan negar el mapa dominante. Buscan volver visibles las trayectorias que ese mapa deja afuera. Si toda cartografía produce un territorio al seleccionar aquello que merece ser visto, un contramapa propone una operación simple en su formulación y subversiva en sus consecuencias: la convicción de que esas omisiones no son neutrales sino políticas, y de que se pueden revertir. Si los mapas no solo representan el territorio, sino que lo producen, entonces pueden producirlo de otras maneras.
Frente a la representación de una ciudad tomada por el Mundial, el contramapa hace preguntas distintas. Se pregunta quiénes quedaron afuera. Quiénes siguen haciendo funcionar esa ciudad. Quiénes trabajan. Quiénes circulan. Quiénes permanecen indiferentes. Quiénes no pueden detenerse. Quiénes ni siquiera saben que hay un partido. Quiénes lo saben y no les importa. Quiénes habitan los espacios omitidos para consolidar la ilusión de consenso. En lugar de registrar únicamente la concentración de la atención colectiva, registra también las zonas de fuga. Entre ellas, una mujer parada frente a un museo cerrado.
Los espacios nunca son tan homogéneos como sus representaciones. Si las ciudades funcionan es porque contienen diferencias, no porque las eliminan. El Mundial, en cambio, ofrece durante algunas semanas la fantasía opuesta: una comunidad sin fisuras, una superficie perfectamente sincronizada donde todos miran hacia el mismo punto. El problema comienza cuando esa ficción deja de ser una imagen y empieza a reorganizar el espacio real, donde las personas viven realmente, y clausura otras maneras igualmente legítimas de habitar la ciudad.
Quizás por eso la frase más interesante de toda aquella historia no fue la referencia al museo cerrado, sino la conclusión de Sarlo: “Somos un país raro”. Tal vez se equivocaba. O tal vez el país era menos raro de lo que pensaba. Lo raro no es que un museo cierre durante una final. Ayer volvieron a cerrar, por la final que España le ganó a Argentina por uno a cero, esta vez anunciado con anticipación para que nadie se sorprendiera ni tuviera que llamar a Alemania. Lo raro es imaginar que la totalidad existe. Que cualquier mapa puede contener todas las trayectorias, todos los deseos y todas las maneras posibles de habitar un territorio. Que lo que ves es todo lo que hay. Ese es el valor subversivo de los contramapas: hacerte recordar que siempre hay alguien fuera del cuadro. Alguien caminando hacia un museo cerrado. Alguien siguiendo otra ruta. Alguien viviendo en otro mapa. Es ahí, en esas geografías que sobreviven debajo de las narrativas totales, donde cualquier ciudad vuelve a parecerse a sí misma.