Urbanismo desordenado

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por CAMILLE SEARLE – Universidad Municipal de Nueva York, CUNY

En una tarde cálida de fines de la primavera pasada, un tramo angosto de acera en Queens dejó de comportarse, por unas horas, como infraestructura. Aparecieron sillas plegables junto al cordón, una parrilla se acercó lo suficiente a la calle como para obligar a los autobuses a reducir la velocidad, y media docena de conversaciones se superpusieron en inglés, español y bengalí (y un aporte minoritario de francés), mientras alguien pegaba con cinta un cartel manuscrito en un poste de luz que pedía a los conductores “por favor, tengan paciencia”. Nada en la escena estaba oficialmente autorizado, y nada sugería protesta ni espectáculo. Era, simplemente, un barrio usando el espacio disponible, reconvirtiendo de manera temporaria la circulación en presencia. Al caer la noche, casi todo había desaparecido, sin dejar otro rastro que la leve impresión de que la ciudad había funcionado, durante unas horas, según un conjunto distinto de reglas.

Las ciudades no suelen anunciar cuándo dejan de funcionar culturalmente. No hay un colapso único ni una línea visible en la que la vida urbana pase de la vitalidad a la esterilidad. En cambio, ocurre algo más silencioso. Los espacios comienzan a comportarse de manera demasiado predecible. Los encuentros pierden fricción. Las calles siguen funcionando, pero ya no sorprenden. La ciudad permanece operativa mientras va desprendiéndose lentamente de las negociaciones informales, las improvisaciones y las transgresiones menores que antes la hacían legible como un entorno vivido y no solo como un sistema gestionado.

Gran parte de la planificación urbana contemporánea opera bajo el supuesto de que el orden es un requisito previo para el bien social. Seguridad, accesibilidad, eficiencia y equidad se tratan como resultados que deben ser diseñados mediante regulación, estandarización y control. Estos objetivos no son erróneos. El problema aparece cuando la búsqueda de orden se vuelve tan exhaustiva que elimina las prácticas mismas a través de las cuales se produce la cultura urbana. En ese proceso, la ciudad corre el riesgo de confundir legibilidad con habitabilidad.

El interés reciente por lo que se ha dado en llamar “urbanismo desordenado” se entiende mejor como una respuesta a esta tensión. En lugar de celebrar el caos por sí mismo, plantea una pregunta más modesta y, al mismo tiempo, más inquietante: ¿cuánta informalidad puede permitirse perder una ciudad antes de perder su capacidad de sostener la vida social?

Donde terminan las instituciones y empiezan las personas

El desorden, en este contexto, no es la ausencia de planificación sino su límite. Nombra el punto en el que los guiones institucionales dejan de dar cuenta plenamente de cómo las personas habitan realmente el espacio. La venta callejera informal, los jardines no autorizados, los mercados temporarios, las instalaciones deportivas improvisadas o la reutilización espontánea de infraestructuras sobrantes no son simplemente fallas regulatorias. Son señales de que las personas están negociando activamente su relación con la ciudad, a menudo de formas que la planificación formal no anticipa pero de las que, sin embargo, depende.

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Lo que emerge de estas prácticas es una forma de agencia que no es heroica ni explícitamente política. Es local, pragmática y, muchas veces, temporaria. Un terreno de grava se convierte en una playa durante unas semanas. Un jardín frontal se vuelve un argumento ecológico. Un estacionamiento se transforma en tercer espacio los fines de semana. Estos actos rara vez se anuncian como críticas a la gobernanza urbana, pero exponen silenciosamente sus puntos ciegos. Revelan dónde las normas diseñadas para la abstracción chocan con la especificidad de la cultura vivida.

Por eso, los intentos de definir el urbanismo desordenado con demasiada precisión suelen perder el punto. Fijarlo como categoría implicaría domesticarlo, convertir una orientación hacia la apertura en otra lista de requisitos. Lo que importa, en cambio, son las cualidades recurrentes que estas situaciones comparten: un sentido de pertenencia que precede al permiso, una disposición a negociar el espacio colectivamente y la aceptación de que no todo valor puede planificarse de antemano.

Estas prácticas también complican el lenguaje moral que suele asociarse al desorden. Con frecuencia, el desorden se presenta como un problema a resolver, una desviación de una norma urbana idealizada. Sin embargo, en muchos casos, lo que parece desordenado desde una perspectiva regulatoria es internamente coherente para quienes participan de ello. El problema no es que el orden desaparezca, sino que coexisten múltiples órdenes, algunos de ellos no oficiales y, por lo tanto, fáciles de descartar.

Orden, cultura y la política de las referencias

Los debates sobre el desorden suelen revelar menos sobre las ciudades en sí que sobre los modelos mentales que los planificadores llevan a ellas. Gran parte de la pedagogía urbana norteamericana sigue estando moldeada por ideales eurocéntricos de claridad, uniformidad y coherencia visual. Ciudades como Copenhague o Barcelona funcionan como abreviaturas del éxito, no solo por sus resultados sino porque se alinean con una estética particular del orden. Otras ciudades, que operan bajo lógicas distintas, son leídas como advertencias en lugar de como sistemas alternativos.

Este sesgo tiene consecuencias. Cuando los planificadores interpretan formas desconocidas de coordinación urbana como disfunción, corren el riesgo de imponer soluciones que socavan arreglos sociales existentes. Sistemas de tráfico que funcionan como flujos negociados se rediseñan como jerarquías rígidas. Barrios de usos mixtos se simplifican en zonas de propósito único. Economías informales son desplazadas en nombre de la limpieza o la seguridad, incluso cuando proveen infraestructura social clave.

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Tokio ofrece un contrapunto útil. A menudo descrita como caótica, en realidad opera bajo códigos de edificación altamente regulados, mientras permite una considerable libertad en el uso del suelo y la subdivisión. El resultado es una ciudad que parece visualmente irregular pero funciona con notable estabilidad. La lección aquí no es que la regulación sea innecesaria, sino que distintos énfasis regulatorios producen distintos tipos de vida urbana. Lo que importa no es la cantidad de normas, sino qué regulan y qué dejan abierto.

Dinámicas similares pueden observarse en las llamadas ciudades de llegada, moldeadas por olas sucesivas de migración. Barrios como Kensington Market, en Toronto, hacen visible lo que en otros lugares permanece oculto: la superposición de necesidades culturales a lo largo del tiempo. Usos formales e informales coexisten no porque la planificación haya fallado, sino porque ningún plan único podría haber anticipado los efectos acumulativos del cambio demográfico. El “desorden” resultante es menos un accidente que un registro de adaptación.

Esta perspectiva también reformula las ansiedades contemporáneas sobre el desorden. Las afirmaciones de que el desorden amenaza la cohesión social suelen deslizarse hacia narrativas que culpan a poblaciones específicas, en particular a los inmigrantes, por problemas urbanos que tienen un origen estructural. En ese sentido, el desorden se convierte en una cuña política, una forma de transformar la incomodidad frente al cambio en demandas de control. Frente a esto, quienes defienden el urbanismo desordenado no están abogando por el abandono, sino por una comprensión más plural del orden.

Hay además una implicación más silenciosa. A medida que las ciudades se vuelven más reguladas, a menudo se vuelven más solitarias. Los entornos altamente gestionados reducen la necesidad de negociación cotidiana. Las interacciones se minimizan, se guionan o se externalizan. En contraste, los espacios informales exigen microajustes: pedir prestadas herramientas, compartir espacio, tolerar el ruido, navegar la diferencia. Estas interacciones no siempre son agradables, pero son socialmente productivas. Recuerdan a los habitantes que las ciudades no son solo contenedores de vida privada, sino proyectos compartidos que requieren una coordinación constante y de baja intensidad.

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Argumentar a favor del desorden, entonces, no es romantizar la disfunción. Es reconocer que la vitalidad urbana depende de un grado de imprevisibilidad que no puede diseñarse por completo sin neutralizarse. Una planificación que reconoce esto no renuncia a su responsabilidad; acepta sus límites. Planifica para la robustez en lugar de la perfección, para la adaptación en lugar del cierre.

Las ciudades, al fin y al cabo, siempre han sido ejercicios de inacabamiento. Sus cualidades más duraderas suelen surgir no de planes maestros, sino de los efectos acumulativos de pequeñas decisiones no oficiales tomadas por personas que intentan vivir razonablemente bien donde están. Prestar atención a esas decisiones no garantiza ciudades mejores. Ignorarlas, en cambio, casi con certeza garantiza ciudades más insípidas.

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