El final de Groenlandia

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por LUDOVIC SLIMAK – Universidad de Toulouse

Hoy, mientras Groenlandia se convierte una vez más en un botín estratégico, la historia parece dispuesta a repetirse. Permanecer con los inuit polares significa negarse a hablar de territorio mientras se borra a quienes lo habitan.

El 16 de junio de 1951, el antropólogo Jean Malaurie viajaba en trineo de perros por la costa noroeste de Groenlandia. Había partido solo, casi por capricho, con una modesta subvención del Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS) de Francia, oficialmente para estudiar los paisajes periglaciares. En realidad, este encuentro con pueblos cuya relación con el mundo seguía una lógica totalmente distinta daría forma a un destino singular.

Ese día, tras muchos meses entre los inuit, en el momento crítico del deshielo primaveral, Malaurie viajaba con unos pocos cazadores. Estaba exhausto, sucio y demacrado. Uno de los inuit le tocó el hombro: “Takou, mira”. Una espesa nube amarilla se elevaba en el cielo. A través de sus binoculares, Malaurie pensó primero que era un espejismo: “Una ciudad de hangares y tiendas, de láminas de metal y aluminio, deslumbrante bajo la luz del sol, entre el humo y el polvo… Tres meses antes, el valle había estado tranquilo y vacío de gente. Yo había plantado mi tienda allí, en un claro día de verano, en una tundra floreciente e intacta”.

El aliento de esta nueva ciudad, escribiría más tarde, “nunca nos dejaría ir”. Excavadoras gigantes destrozaban el suelo, camiones vertían escombros al mar, aviones daban vueltas por encima. Malaurie fue lanzado de la Edad de Piedra a la Era Atómica. Acababa de descubrir la base secreta estadounidense de Thule, con el nombre en clave de Operación Blue Jay.

Detrás de este nombre inocuo se escondía una colosal operación logística. Estados Unidos temía un ataque nuclear soviético a través de la ruta polar. En un solo verano, unos 120 barcos y 12.000 hombres fueron desplegados en una bahía que antes solo conocía el deslizamiento silencioso de los kayaks. La población de Groenlandia en aquel momento apenas alcanzaba las 23.000 personas. En solo 104 días, sobre suelo permanentemente congelado, surgió una ciudad tecnológica capaz de albergar bombarderos gigantes B-36 cargados con ojivas nucleares. A más de 1200 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico, y en un secreto casi total, Estados Unidos construyó una de las bases militares más grandes jamás levantadas fuera de su territorio continental. En la primavera de 1951 se firmó un acuerdo de defensa con Dinamarca, pero la Operación Blue Jay ya estaba en marcha: la decisión estadounidense se había tomado en 1950.

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La anexión del mundo inuit

Malaurie comprendió de inmediato que la magnitud de la operación equivalía, de hecho, a una anexión del mundo inuit. Un sistema fundado en la velocidad, la maquinaria y la acumulación había entrado violenta y ciegamente en un espacio gobernado por la tradición, el tiempo cíclico, la caza y la espera.

El arrendajo azul (blue jay) es un pájaro ruidoso, agresivo y ferozmente territorial. Thule se encuentra a medio camino entre Washington y Moscú por la ruta polar. En la era de los misiles hipersónicos intercontinentales, antes soviéticos y ahora rusos, es esta misma geografía la que sigue sustentando el argumento de “necesidad vital” invocado por Donald Trump en sus llamados a anexar Groenlandia.

El resultado inmediato más trágico de la Operación Blue Jay no fue militar, sino humano. En 1953, para asegurar el perímetro de la base y sus instalaciones de radar, las autoridades decidieron trasladar a toda la población local Inughuit a Qaanaaq, unos 100 kilómetros más al norte. El desplazamiento fue rápido, forzado y llevado a cabo sin consulta, cortando el vínculo orgánico entre este pueblo y sus territorios de caza ancestrales. Un “pueblo raíz” fue desarraigado para dar paso a una pista de aterrizaje.

Es este brutal punto de inflexión lo que Malaurie identifica como el momento en que las sociedades inuit tradicionales comenzaron a colapsar. En estas sociedades, la caza no es simplemente una técnica de supervivencia, sino un principio organizador del mundo social. El universo inuit es una economía de significado, hecha de relaciones, gestos y transmisión a través de las generaciones que otorgan reconocimiento, rol y lugar en relación con cada individuo. Esta coherencia íntima, que constituye la fuerza de estas sociedades, también las hace extremadamente vulnerables cuando un sistema externo destruye repentinamente sus cimientos territoriales y simbólicos.

Tras el colapso de las estructuras tradicionales

Hoy, la sociedad groenlandesa es mayoritariamente sedentaria y urbanizada. Más de un tercio de sus 56.500 habitantes viven en Nuuk, la capital, y casi toda la población reside ahora en ciudades y asentamientos costeros permanentes. La vivienda refleja esta transición abrupta. En las ciudades más grandes, muchas personas viven en bloques de apartamentos de hormigón construidos en las décadas de 1960 y 1970, a menudo deteriorados y superpoblados. La economía depende en gran medida de la pesca industrial orientada a la exportación. La caza y la pesca de subsistencia siguen siendo habituales. Los rifles modernos, los dispositivos GPS, las motos de nieve y las conexiones por satélite trabajan ahora de la mano con las viejas costumbres. La caza sigue siendo un marcador de identidad, pero ya no da forma ni a la economía ni a la transmisión intergeneracional.

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Las secuelas a nivel humano de este cambio son masivas. Groenlandia tiene hoy una de las tasas de suicidio más altas del mundo, particularmente entre los hombres jóvenes inuit. Los indicadores sociales contemporáneos, las tasas de suicidio, el alcoholismo y la violencia doméstica están ampliamente documentados. Muchos estudios los vinculan a la velocidad de la transformación social, la sedentarización forzada y la ruptura de los sistemas tradicionales de transmisión.

Espacios y contaminación radiactiva

La lógica que sustentaba a Thule alcanzó un punto de no retorno el 21 de enero de 1968. Durante una misión de alerta nuclear continua, un bombardero B-52G de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, bajo el programa Chrome Dome, se estrelló en el hielo marino a unos diez kilómetros de Thule. Transportaba cuatro bombas termonucleares. Los explosivos convencionales diseñados para iniciar la reacción nuclear detonaron al impactar. No hubo una explosión nuclear, pero el estallido dispersó plutonio, uranio, americio y tritio sobre una vasta zona.

En los días siguientes, Washington y Copenhague lanzaron el Proyecto Crested Ice, una operación de recuperación y descontaminación a gran escala antes del deshielo primaveral. Unos 1500 trabajadores daneses fueron movilizados para raspar el hielo y recoger la nieve contaminada. Décadas después, muchos de ellos iniciaron procesos legales, alegando que habían trabajado sin información ni protección adecuadas. Estos casos continuaron hasta 2018-2019 y resultaron solo en compensaciones políticas limitadas, sin ningún reconocimiento legal de responsabilidad. Nunca se ha realizado un estudio epidemiológico exhaustivo entre las poblaciones inuit locales.

Rebautizada ahora como “Base Espacial Pituffik”, la antigua base de Thule es uno de los principales nodos estratégicos del aparato militar estadounidense. Integrada en la Fuerza Espacial de los Estados Unidos, desempeña un papel central en la alerta de misiles y la vigilancia espacial en el Ártico, bajo condiciones de máxima seguridad. No es una reliquia de la Guerra Fría, sino un eje activo de la geopolítica contemporánea.

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En Los últimos reyes de Thule (1953), Malaurie muestra que los pueblos indígenas nunca han tenido un lugar en el corazón del pensamiento estratégico occidental. En medio de las grandes maniobras del mundo, la existencia inuit se vuelve tan periférica como la de las focas o las mariposas.

Las declaraciones de Donald Trump no anuncian un mundo nuevo. Buscan generalizar un sistema que ha estado vigente en Groenlandia durante setenta y cinco años. Sin embargo, la posición de un hombre no puede eximirnos de nuestras responsabilidades colectivas. Escuchar hoy que Groenlandia “pertenece” a Dinamarca y por lo tanto recae bajo la OTAN, sin siquiera mencionar a los inuit, es repetir un viejo gesto colonial: concebir territorios borrando a quienes los habitan.

Los inuit siguen siendo invisibles e inauditos. Nuestras sociedades siguen imaginándose a sí mismas como adultos frente a poblaciones indígenas infantilizadas. Sus conocimientos, valores y formas de ser son relegados a variables secundarias. La diferencia no encaja en las categorías que nuestras sociedades saben manejar.

Siguiendo a Jean Malaurie, mi propia investigación se acerca a la humanidad a través de sus márgenes. Ya sea estudiando sociedades de cazadores-recolectores o lo que queda de los neandertales una vez despojados de nuestras proyecciones, el “Otro” sigue siendo el punto ciego de nuestras percepciones. No logramos ver cómo mundos enteros colapsan cuando la diferencia deja de ser pensable.

Malaurie terminó su primer capítulo sobre Thule con estas palabras: “Nada estaba planeado para imaginar el futuro con ningún sentido de elevación”.

Lo que debe temerse por encima de todo no es la desaparición repentina de un pueblo, sino su relegación silenciosa y radical dentro de un mundo que habla de ellos sin verlos ni oírlos jamás.

The Conversation. Traducción: Maggie Tarlo

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