
por STEPHEN E. NASH – Museo de Naturaleza y Ciencia de Denver
Tiempo. Astrónomos, filósofos, físicos, antropólogos, políticos, geógrafos y teólogos han reflexionado sobre la naturaleza y el significado del tiempo. ¿Es lineal o cíclico? ¿Es reversible? (dicho de otro modo, ¿podemos retroceder en el tiempo?). ¿Es el tiempo absoluto y medible, como les parecía a Isaac Newton y Galileo Galilei, o es relativo, como teorizó Albert Einstein? Cínicamente, ¿es “lo que evita que todo suceda a la vez”, como escribió de forma tan memorable el autor de ciencia ficción Ray Cummings en 1923? ¿Es el tiempo una construcción cultural? ¿O es un corolario de la segunda ley de la termodinámica, según la cual el desorden siempre aumenta? ¿Por qué parece que el tiempo pasa mucho más rápido a medida que envejecemos?
Mi relación consciente con el tiempo se manifestó inicialmente en el primer reloj que tuve. Lo recuerdo bien. Mi reloj despertador de cuerda Westclox Baby Ben tenía una cara ovalada ligeramente aplanada y elegantes manecillas de minutos y horas con rayas fluorescentes a lo largo de ellas. Recuerdo que tenía que darle cuerda cada noche antes de irme a la cama. Todavía puedo oír el tic-tac rítmico de su volante, y puedo sentir el pequeño botón de metal en la parte posterior derecha que apagaba la fuerte campana de la alarma.
Durante mi infancia, ese Baby Ben me despertaba puntualmente a las 4:30 a.m. para que pudiera repartir el Chicago Tribune, hiciera sol o lloviera, en mi ruta de periódicos. El reloj era tangible, analógico e irrefutable. Lo usé hasta bien avanzada la escuela de posgrado a finales de la década de 1980.
Hoy en día, existen innumerables formas de medir y registrar el tiempo. Nuestros teléfonos inteligentes tienen cronómetros que miden el tiempo en milisegundos, un nivel de precisión absurdo para la vida diaria, pero que es cada vez más importante a medida que superamos los límites del rendimiento humano en campos como la natación olímpica y las carreras de autos. Uno de los muchos relojes atómicos utilizados para establecer el Tiempo Atómico Internacional, un estándar global, se basa en las vibraciones de los átomos de cesio-133 y es tan preciso que un reloj atómico de cesio tardará 1.4 millones de años en desfasarse un segundo completo. Las sociedades occidentales están bendecidas, si no maldecidas, por la ubicuidad de los relojes. Microondas, cafeteras, bolígrafos, sistemas de entretenimiento y aparentemente cualquier otro dispositivo electrónico lleva un reloj digital.
Nuestras vidas no siempre estuvieron dictadas por el tiempo del reloj. Hasta hace poco, las vidas de los pueblos agrícolas, nómadas e incluso urbanos se regían por el ciclo estacional. Como resultado, muchos percibían el tiempo como cíclico, no lineal. Incluso si entendían que el tiempo era lineal, podían sentirse felices midiéndolo solo con precisión anual. Cualquier cosa más refinada que eso se consideraba excesiva.
Desde entonces, se han establecido construcciones culturales, económicas y políticas que muchos de nosotros ahora damos por sentadas, como las zonas horarias estandarizadas, que se introdujeron en 1883 para coordinar el servicio ferroviario a través del país. El horario de verano tiene un origen aún más reciente; no se adoptó de forma amplia y formal en los Estados Unidos hasta la aprobación de la Ley de Tiempo Uniforme de 1966.
Por muy intrigantes que sean estas construcciones, son subproductos directos de la expansión capitalista y el desarrollo económico en América del Norte. Como antropólogo, estoy más interesado en otras construcciones culturales que rodean al tiempo. Entre mis favoritas se encuentran los recuentos de invierno mantenidos por tribus, incluyendo a los Blackfeet, Kiowa, Lakota y Mandan, en las llanuras estadounidenses.
El Museo de Naturaleza y Ciencia de Denver (DMNS) conserva un recuento de invierno Lakota. Es una pieza de muselina amarillenta que mide unos 90 centímetros por lado. Ilustrada con pequeñas imágenes simbólicas que giran en espiral hacia afuera desde el centro, narra la historia Lakota desde 1789 hasta 1910. Cada uno de los 121 años de ese periodo está marcado por una sola imagen. Los calendarios como este se llaman «recuentos de invierno» porque se utilizaban para ayudar a la comunidad a recordar eventos importantes de la historia durante las largas noches de invierno.
El recuento de invierno en la colección del DMNS lleva el nombre del jefe Lakota Martin White Horse, su último guardián. Sus descendientes lo habían conservado como una reliquia familiar, y el museo se lo compró en 1983. En ese momento, no había documentos asociados con el recuento; los curadores tuvieron que interpretar las imágenes lo mejor que pudieron.
En 2009, el museo recibió una llamada de Libby Holden de Edina, Minnesota. Mientras clasificaba tesoros familiares, ella y sus parientes encontraron una transcripción mecanografiada titulada “Historia de la Nación Sioux contada por el Jefe White Horse”. Resulta que en 1910 White Horse dictó un relato del recuento de invierno a Florence May Thwing, la esposa de su abogado, George Thwing. Después de casi cien años, el significado completo y original del recuento de invierno pudo ser estudiado.
Los puntos destacados de la explicación del jefe incluyen 1834, “el año de las estrellas moviéndose en el cielo”; 1891, el año de “la muerte de Toro Sentado”; y 1902, cuando el “presidente William McKinley fue asesinado por Leon Coloogz [sic Czolgosz]”. El recuento de invierno es notable porque proporciona una historia del pueblo Lakota desde su perspectiva durante una época de cambios culturales dinámicos. Para sus descendientes, sin embargo, la transcripción del jefe Martin White Horse representa más que un registro general de eventos. Representa un vínculo personal y tangible con su pasado.
En una era en la que somos bombardeados por datos, el recuento de invierno Lakota es asombroso por su sencillez, pero invita a la reflexión por su profundidad. Me hace preguntarme: ¿Qué tan difícil sería para nosotros hoy registrar la historia usando solo una imagen para cada año? ¿El año estaría marcado por la victoria de los Chicago Cubs en la Serie Mundial o por la presidencia de Donald Trump? ¿Cómo tomaríamos esa decisión? Si marcar la historia es demasiado difícil, ¿qué pasa con la autobiografía? ¿Cómo podrías registrar tu vida usando una imagen por año?
Al final, el recuento de invierno Lakota me recuerda que los seres humanos tienen muchas relaciones diferentes con el tiempo, y exactamente a las 10:00 p.m. del 12 de noviembre, encuentro consuelo en ello.
Sapiens. Traducción: Maggie Tarlo