
por HALEY BLISS – Universidad Municipal de Nueva York, CUNY
La incomodidad que rodea a la palabra “American” en inglés rara vez se origina en el propio inglés. Surge en otros lugares, a menudo de manera brusca, cuando el término cruza fronteras lingüísticas y políticas y entra en el español, el portugués u otras lenguas habladas en América Latina. Allí, la objeción aparece casi de inmediato y con razón: América es un continente, o mejor dicho, varios; nombra un hemisferio antes que un país. Llamar “americanos” a los ciudadanos de los Estados Unidos parece, desde ese punto de vista, un acto de apropiación, un atajo semántico que pliega silenciosamente una geografía entera dentro de una sola entidad política. La molestia no es pedante. Registra una historia de asimetría, conquista y poder desigual, sedimentada en una palabra que, en inglés, suele pasar sin comentario.
Y, sin embargo, la persistencia de American en inglés no es simplemente el resultado de la arrogancia o la ceguera ideológica, aunque esas fuerzas no estén ausentes de su historia. Es también producto de una restricción gramatical, de un accidente histórico y de una economía lingüística. El inglés, a diferencia del español, nunca desarrolló un gentilicio ampliamente aceptado para los ciudadanos de los Estados Unidos. “United Statesian” nunca se impuso. “Usonian”, propuesto por Frank Lloyd Wright con optimismo utópico, quedó como una curiosidad. La abreviatura US citizen funciona en el plano burocrático, pero se desarma en el habla cotidiana. En la práctica, “American” sigue siendo el único adjetivo y sustantivo utilizable en inglés para ese referente.
Esta tensión entre la legitimidad de la objeción y la terquedad del hecho lingüístico crea un terreno productivo para el análisis. Obliga a distinguir entre lo que las palabras hacen dentro de una lengua y lo que hacen cuando se desplazan entre lenguas, historias y sensibilidades políticas. La controversia no trata solo de la denominación. Trata de cómo el lenguaje naturaliza ciertas visiones del mundo mientras vuelve visibles otras únicamente cuando aparece la fricción.
Gramática, historia y la carga del uso
Desde una perspectiva gramatical, American es un término notablemente eficiente. Es morfológicamente simple, fonéticamente poco marcado y sintácticamente flexible. Funciona con facilidad como sustantivo y como adjetivo, adhiriéndose a instituciones (democracia americana), personas (escritor americano) y abstracciones (modo de vida americano). Su productividad es precisamente lo que lo vuelve poderoso. No se presenta como ideológico; se presenta como descriptivo. Esa presentación importa.
El término es anterior a los Estados Unidos como Estado-nación. En el siglo XVIII, “American” circulaba en el inglés británico para describir a los súbditos coloniales del Nuevo Mundo, a menudo en contraste con los europeos metropolitanos. Tras la independencia, los antiguos colonos retuvieron la palabra y estrecharon su referencia. Lo que antes describía una localización pasó a describir una identidad nacional. Ese estrechamiento no era inevitable, pero se estabilizó mediante la repetición, la institucionalización y, con el tiempo, la influencia global. Para el siglo XX, “American” ya no necesitaba explicación en inglés. Su referente se había endurecido.
El problema es que ese endurecimiento ocurrió de manera asimétrica. El inglés se convirtió en una lengua global, mientras que el estrechamiento semántico de American permaneció localizado en sus hablantes dominantes. Cuando el término ingresó en contextos hispanohablantes a través de la diplomacia, los medios y la traducción, llevaba consigo un mapa implícito que no coincidía con las comprensiones locales de la geografía o la historia. En español, americano había remitido durante mucho tiempo a los habitantes del continente en su conjunto. La disponibilidad de “estadounidense” preservó esa distinción. El inglés no contó con un mecanismo equivalente, y así el desajuste se volvió visible solo cuando apareció la comparación.
Se trata de un patrón familiar. Los grupos dominantes suelen experimentar sus categorías como neutrales y su lengua como no marcada. La resistencia surge no porque la categoría sea de pronto ofensiva, sino porque empieza a percibirse desde afuera. La irritación dirigida a American tiene menos que ver con la palabra en sí que con lo que revela: una estructura lingüística que refleja un desequilibrio geopolítico.
Al mismo tiempo, es importante reconocer que los hablantes de inglés no están, en la mayoría de los casos, formulando una reivindicación activa de propiedad continental cuando dicen American. El término se usa de manera habitual, a menudo sin reflexión, porque es el único que funciona con fluidez dentro de la lengua. Esto no absuelve al término de sus efectos, pero complica los relatos moralizantes que reducen el uso a la intención. El lenguaje opera por sedimentación más que por decisión.
Traducción, poder y los límites de la corrección
La corrección frecuente (“América es un continente, no un país”) es precisa, pero opera en el nivel equivocado cuando se dirige al uso del inglés. Trata el problema como un error factual más que como uno estructural. Los hablantes de inglés, en general, saben que las Américas comprenden múltiples naciones. La cuestión no es la ignorancia geográfica, sino la ausencia de un término alternativo que pueda desplazar a American sin producir torpeza o artificialidad.
Esto se vuelve especialmente claro en la traducción. Cuando “American” se vierte como “estadounidense” en español, el traductor no está corrigiendo un error, sino realizando un ajuste exigido por ecosistemas lingüísticos distintos. El término español porta una precisión de la que el inglés carece, pero esa precisión es posible gracias a una elección morfológica que el inglés nunca institucionalizó. Exigir que los hablantes de inglés adopten un término que su lengua no sostiene de manera orgánica es malentender cómo ocurre el cambio lingüístico. Las palabras no ingresan en el uso común solo por mandato ético.
Nada de esto implica que la incomodidad deba descartarse. Por el contrario, la molestia en torno a American cumple una función crítica importante. Interrumpe la fluidez de un término que durante mucho tiempo pasó por natural. Expone cómo el poder global permite que ciertos atajos lingüísticos circulen sin ser cuestionados, mientras otros deben explicarse constantemente. En ese sentido, la objeción es menos una demanda de corrección que una insistencia en la visibilidad.
El discurso público en inglés ha empezado, de manera desigual, a registrar esta tensión. Algunos autores emplean ahora “U.S.-based” como adjetivo en ciertos contextos, o especifican “the United States” allí donde antes “America” aparecía sin compañía. Estos movimientos señalan conciencia más que resolución. Reconocen el problema sin pretender que esté resuelto.
La persistencia de American se convierte así en un estudio de caso sobre los límites de la reforma lingüística. Muestra cuán profundamente el lenguaje está entrelazado con la historia, y cuán difícil es separar el significado del uso una vez que un término se ha naturalizado a gran escala. También muestra que la crítica no siempre apunta al reemplazo. A veces apunta a la fricción, a mantener una palabra levemente incómoda para que sus supuestos permanezcan visibles.
En ese sentido, la palabra American funciona hoy menos como un descriptor asentado que como un recordatorio de historias no resueltas. Nombra a una población, pero también indexa una trayectoria particular de poder, expansión y alcance global. La incomodidad que produce fuera del inglés no es un accidente. Es una señal de que la palabra carga con más de lo que afirma.
Lo que queda, entonces, no es la esperanza de una alternativa perfecta, sino un uso más atento del término imperfecto que existe. La conciencia no elimina la asimetría, pero puede atemperar sus efectos. Una palabra no puede volverse inocente, pero puede volverse legible. Esa, por ahora, puede ser la ambición más realista que el lenguaje permite.