
por CLARA VELDRÁN – Universitat Pompeu Fabra
La arqueología prehistórica vive en un estado casi permanente de revisión, y no tanto por una inclinación caprichosa a la novedad como por la naturaleza misma de su objeto: trabaja con restos fragmentarios, desigualmente conservados, cuya mera supervivencia depende de condiciones geológicas excepcionales. En ese contexto, la reciente identificación de herramientas de madera de 430.000 años en el yacimiento de Marathousa, en el sur de Grecia, junto con el reconocimiento de un martillo de hueso de elefante o mamut datado en 500.000 años procedente de Boxgrove, obliga a reconsiderar la cronología y, sobre todo, el alcance de las capacidades técnicas de los homininos europeos anteriores a la llegada de Homo sapiens.
Conviene situar estos hallazgos en una secuencia más amplia. Homo sapiens emergió en África hace más de 300.000 años, y la evidencia más antigua de su presencia en Europa es un fósil de unos 210.000 años hallado en Grecia. Sin embargo, mucho antes de esa expansión, Europa estaba habitada por otros homininos, entre ellos Homo heidelbergensis, una especie del Pleistoceno medio considerada antecesora de los neandertales. Estos grupos, activos entre aproximadamente 700.000 y 300.000 años atrás, ya dominaban tecnologías líticas complejas, como la producción de bifaces mediante talla controlada.
Lo que aportan los nuevos hallazgos no es simplemente una ampliación cronológica, sino un desplazamiento conceptual. Tradicionalmente, la sofisticación técnica en materiales orgánicos (madera, hueso trabajado) se asociaba a etapas más tardías o a Homo sapiens. Sin embargo, en Marathousa aparecieron fragmentos de aliso y álamo o sauce con marcas claras de corte y modelado intencional. El análisis microscópico y mediante tomografía computarizada mostró superficies talladas y extremos conformados para funciones específicas, probablemente cavar. El contexto arqueológico incluye el esqueleto parcial de un elefante de colmillos rectos (Palaeoloxodon antiquus), una especie de proboscídeo del Pleistoceno europeo, así como restos de tortugas, aves, roedores e hipopótamos, además de útiles de piedra asociados al descuartizamiento.
En paralelo, el martillo de hueso hallado en Boxgrove, un yacimiento británico conocido por sus abundantes restos de sílex y fauna pleistocena, presenta deformaciones compatibles con el uso repetido en la talla lítica. Pequeños fragmentos de sílex incrustados en el hueso confirman su empleo como percutor para desprender lascas y dar forma a herramientas de piedra. La comparación con conjuntos mucho más antiguos de la garganta de Olduvai, en Tanzania, donde se documentaron herramientas de hueso de elefante de hasta 1,5 millones de años, sugiere que la utilización de grandes restos óseos como materia prima no fue un fenómeno aislado, sino una estrategia recurrente allí donde la disponibilidad de recursos lo permitía.
Materiales orgánicos y sesgo de conservación
La antropología y la arqueología han insistido desde hace décadas en que la cultura material no es un mero reflejo pasivo de la biología, sino un componente constitutivo de la vida social y cognitiva. Sin embargo, el registro arqueológico no distribuye sus evidencias de manera equitativa. Los materiales líticos, por su durabilidad, dominan las colecciones y los manuales; la madera y otros restos vegetales, en cambio, solo sobreviven en condiciones excepcionales, como ambientes anóxicos o saturados de agua.
En 2019, en Kalambo Falls, se documentaron dos troncos entrelazados de hace 476.000 años que parecían formar parte de una estructura, quizá una plataforma o refugio. Ese hallazgo ya había puesto en cuestión la idea de que el trabajo estructural en madera fuese una innovación tardía. Las piezas griegas, aunque de función más modesta, refuerzan la misma intuición: la aparente ausencia de herramientas orgánicas en épocas remotas puede deberse más a la fragilidad del soporte que a una carencia real de habilidades técnicas.
Este punto resulta metodológicamente crucial. La máxima “la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia” no es un simple consuelo retórico, sino un principio operativo en arqueología. Si aceptamos que la mayor parte de los artefactos orgánicos no se preserva, entonces cualquier reconstrucción de las capacidades tecnológicas basada exclusivamente en piedra corre el riesgo de subestimar la complejidad real de las sociedades pleistocenas. La diversidad de materias primas (sílex, hueso, madera) sugiere una economía técnica flexible, adaptada a contextos ecológicos específicos.
Además, el uso de hueso fresco de elefante o mamut en Boxgrove plantea interrogantes sobre la relación entre estos homininos y la megafauna. ¿Se trataba de caza activa o de aprovechamiento oportunista de carroña? La respuesta permanece abierta. Lo relevante, desde el punto de vista antropológico, es que el acceso a un gran cadáver no se limitaba al consumo inmediato de carne, sino que implicaba la integración de sus restos en un circuito tecnológico más amplio. Un fémur podía convertirse en herramienta para fabricar otras herramientas. La cadena operativa se prolongaba más allá del evento de subsistencia.
Técnica, cognición y narrativa evolutiva
Desde el siglo XIX, la arqueología prehistórica ha tendido a organizar la evolución humana en torno a umbrales tecnológicos: la aparición de la talla bifacial, el control del fuego, la ornamentación simbólica. Cada nuevo hallazgo que adelanta una fecha obliga a revisar esas fronteras. No se trata solo de añadir antigüedad, sino de reconsiderar la relación entre técnica e inteligencia.
Katerina Harvati, paleoantropóloga de la Universidad de Tübingen, ha señalado que estos descubrimientos ofrecen una ventana a los orígenes prehistóricos de la inteligencia humana. La afirmación merece matices. Si por inteligencia entendemos la capacidad de planificar, seleccionar materiales adecuados, prever la función de un objeto y modificarlo en consecuencia, entonces las evidencias de Marathousa y Boxgrove apuntan a competencias bien establecidas en el Pleistoceno medio. No estamos ante ensayos rudimentarios, sino ante objetos que muestran intencionalidad, repetición de gestos técnicos y conocimiento de propiedades físicas.
Al mismo tiempo, conviene evitar una narrativa teleológica que lea estos hallazgos como simples pasos hacia Homo sapiens. Homo heidelbergensis y los primeros neandertales no fueron versiones incompletas de nosotros, sino poblaciones con trayectorias propias, adaptadas a entornos europeos cambiantes, desde paisajes lacustres hasta praderas frías. La arqueología comparada muestra que la innovación no sigue una línea recta, sino que se despliega en mosaico, con avances, pérdidas y recombinaciones.
En este sentido, el martillo de hueso de Boxgrove tiene algo de correctivo silencioso. Durante décadas estuvo en colecciones sin ser identificado como herramienta. Solo una reevaluación atenta permitió reconocer las marcas de uso y los fragmentos de sílex incrustados. El objeto no cambió; cambió la mirada. La historia de la tecnología prehistórica depende tanto de las capacidades de los homininos como de las categorías analíticas contemporáneas.
Quizá la lección más sobria de estos hallazgos sea precisamente esa: la inteligencia técnica no irrumpe de pronto con nuestra especie, sino que se enraíza en una profundidad temporal mayor de lo que suponíamos. La madera tallada y el hueso percutido no reclaman épica. Son objetos discretos, funcionales, casi prosaicos. Sin embargo, al obligarnos a desplazar nuestras cronologías y a revisar nuestros sesgos de conservación, introducen una corrección de escala. Y en arqueología, como en otras disciplinas, ajustar la escala suele ser más transformador que cualquier gesto espectacular.