
por RODRIGO AYRES – Funai
Cada vez más gana espacio en el debate público internacional la existencia (y la resistencia) de los pueblos indígenas aislados, es decir, aquellos que se mantienen lo más lejos posible del contacto con la civilización.
Estos pueblos sobreviven acosados por el avance de la colonización sobre sus territorios, buscando a toda costa mantener sus modos de vida autónomos en relación a los no indígenas. Dependen intrínsecamente de la naturaleza para prosperar, pues de ella retiran todos los recursos necesarios para su reproducción física y cultural. Buscan refugio en las selvas más remotas que encuentran, vale decir, aquellas que aún guardan condiciones para que estas poblaciones resistan, tan vulnerabilizadas por la voracidad de la frontera agropastoril y sus vectores.
Orígenes del aislamiento
Brasil es el país que concentra el mayor número de pueblos indígenas aislados del mundo, con un total de 29 grupos confirmados actualmente, distribuidos por la Amazonía Legal.
Pero, al contrario de lo que muchos piensan, estos no son pueblos que desconocen nuestra sociedad, olvidados en el interior de la selva. En general, son agrupaciones que, en algún momento de la historia, ya tuvieron relaciones con los no indígenas y optaron por rechazar ese contacto como consecuencia de experiencias pretéritas traumáticas, especialmente epidemias y masacres, extremadamente perjudiciales para sus colectivos. En ese sentido, tomando una actitud consciente de resistencia, decidieron mantenerse “aislados” velando por su propia supervivencia.
El aislamiento no se trata, por lo tanto, de un azar derivado de la ignorancia en relación a nuestra “civilización”, pues la conocen lo suficiente como para saber de los perjuicios que ella puede causarles.
Incontables poblaciones indígenas antes “aisladas” fueron devastadas por medio de contactos con la sociedad envolvente. “Así es como la civilización se impone, primero, como una epidemia de pestes mortales. Después, por la diezmación a través de guerras de exterminio y de la esclavización”, en palabras de Darcy Ribeiro.
Como no poseen vacunas, anticuerpos e inmunidad para los patógenos comunes a los “blancos”, pueblos enteros pueden ser rápidamente arrasados por enfermedades controlables, como gripe, malaria y sarampión.
Política del no contacto
Siendo así, la actuación del Estado brasileño en la defensa de los indígenas aislados, por medio de la Fundación Nacional de los Pueblos Indígenas, está fundamentada en la política del no contacto, un nuevo paradigma derivado de las experiencias fallidas de “integración” de estas poblaciones, que significaron grandes desastres.
La mayor concentración de pueblos indígenas en aislamiento está en la región designada como Vale do Javari, situada en la triple frontera entre Brasil, Perú y Colombia: entre ellos están los Korubo, famosos por algunos contactos con la Funai, aunque parte de esa etnia aún sigue “aislada”, así como los Awá Guajá, en Maranhão, donde una parte permanece en el aislamiento, mientras otra mantiene contacto inicial con la sociedad externa. Podemos citar, también, a los Moxihatëtëa, de la Tierra Indígena Yanomami, amenazados por la minería ilegal, aunque las operaciones de desintrusión hayan reducido bastante esa presión.
El “indio del agujero”
En Rondônia, falleció en 2022 el indígena conocido como Tanaru, llamado “indio del agujero”, que permaneció por más de veinte años solo en la selva, resistiendo a cualquier contacto. En fin, estos son algunos ejemplos de la diversidad de los pueblos aislados en nuestro país, cuya supervivencia depende de la actuación estatal en la protección de sus territorios y sus modos de vida.
En ese sentido, la política del no contacto significa, por encima de todo, respetar la autonomía de los pueblos indígenas aislados, reconociendo su opción consciente por el aislamiento. Por lo tanto, no se trata de mantenerlos presos en una burbuja en medio de la selva por cuenta de cualquier fetiche antropológico; en verdad, significa dejar para ellos la iniciativa del contacto, en caso de que juzguen que pueda ser positivo.
No somos nosotros quienes debemos decidir si y cuándo debe ocurrir esa interacción, considerando que la historia nos muestra cuánto puede ser perjudicial, además de que estas poblaciones demuestran no desear ninguna aproximación, inclusive lanzando flechas a aquellos que intentan violar esa decisión manifestada por ellas.
Los pueblos indígenas aislados no son civilizaciones del pasado, como algunos incautos pueden creer. Son sociedades contemporáneas, con tecnologías propias, altamente integradas al ambiente, mostrándonos, por encima de todo, que otras formas de organizarse socialmente y relacionarse con la naturaleza son posibles.
Juzgar que nuestra “civilización” sería superior, y, por lo tanto, deberíamos aproximarnos para rescatarlos del “atraso”, además de una ignorancia histórica acentuada, se caracteriza por una prepotencia tal que puede llevar a la desaparición a las últimas poblaciones aisladas que aún resisten.
Debería ser obvio decir que un mundo sin estos pueblos, sin que ellos posean el derecho de vivir como quieran, es un mundo miserable, carente de una pluralidad que permita la coexistencia de distintas cosmovisiones.
A pesar de las limitaciones inherentes y conocidas, Brasil posee una admirable experiencia en la defensa de estas poblaciones, con el mayor sistema de protección a pueblos indígenas aislados de todo el planeta. Equipos altamente especializados de la Funai, formados, incluso, por indígenas contactados y agentes dedicados, monitorean a los “parientes” aislados a través de expediciones en la selva, recogiendo toda la información necesaria para comprobar la ocupación tradicional y garantizar la demarcación de sus territorios, sin aproximarse demasiado al punto de forzar el contacto.
Los Kawahiva del Río Pardo
Infortunadamente, por ser tan invisibilizados, los aislados necesitan que su existencia sea oficialmente atestada para que puedan tener sus tierras protegidas. Con esa garantía, librando sus áreas de invasiones, prosperan y pueden mantener sus modos de vida ancestrales, a partir de un conocimiento producido dentro de la selva.
En el caso de los indígenas aislados Kawahiva del Río Pardo, por ejemplo, situados en el noroeste de Mato Grosso, la Funai, en sociedad con otros órganos, como el Ibama y la Fuerza Nacional, ha conseguido mantener una tasa de deforestación cero hace más de tres años, aunque la demarcación de esa tierra indígena ni siquiera esté concluida.
Conforme se documentó en algunos reportajes, los indígenas siguen prosperando, con la identificación recurrente de vestigios de niños entre ellos, un excelente indicador, por obvio. Otros, como los Piripkura, retratados en un documental homónimo, sufrieron un proceso de genocidio tan atroz que solo hay noticia de tres sobrevivientes: una mujer y dos hombres. Lamentablemente, para esa etnia, la protección estatal llegó de forma tardía y no fue suficiente para impedir una desorganización tan severa de su colectivo.
Se muestra necesario, por lo tanto, traer más visibilidad para esta causa, tan desconocida por la mayoría de la población. En verdad, la sociedad solo protege aquello que conoce, y disputar esa narrativa, como forma de concientizar a las personas e, inclusive, presionar a las autoridades en busca del fortalecimiento de esa política pública, es un gran desafío, al mismo tiempo que debemos respetar el derecho al “aislamiento”, equilibrando una máxima protección con la menor invasividad posible.
Reconocer el trabajo de las servidoras y de los servidores de la Funai, poseedores de un valioso conocimiento empírico construido en la labor diaria y en diálogo con los pueblos de la selva, esto es, fuera de aquellos espacios de saber consagrados por epistemologías y paradigmas hegemónicos de producción intelectual, supone avances estructurales en la formulación del pensamiento y en la garantía de derechos.
Defender a los indígenas aislados es proteger sus territorios
Defender a los pueblos indígenas aislados, en primer lugar, significa proteger sus territorios para que se mantengan lejos de los invasores que cargan enfermedades mortales y destruyen sus recursos necesarios para la supervivencia. Además, sus tierras son fuentes de vida no solo para esos grupos, sino para toda la humanidad, teniendo en cuenta el papel que desempeñan en el mantenimiento del clima y de la biodiversidad de todo el planeta.
Es sabido que las tierras indígenas son las áreas más preservadas del país, perdiendo mucho menos vegetación nativa que las áreas privadas, por lo tanto esenciales para el secuestro de carbono de la atmósfera. En síntesis, los llamados pueblos indígenas aislados están en profundo contacto con el mantenimiento de la vida en sus territorios, y de eso también podrá derivar la supervivencia de las demás sociedades, desconectadas de una relación armoniosa con la naturaleza. Bajo esa perspectiva, los “aislados” somos nosotros.
The Conversation. Traducción: Horacio Shawn-Pérez