
por JULIA SORENSEN – Universidad Estatal de Nueva York, Stony Brook
A fines de 2025, el New York Times publicó un artículo titulado “The Year of Neanderthals”. El texto proponía una idea tan simple como eficaz: después de décadas de caricaturas y malentendidos, los neandertales habrían regresado al centro de la escena científica y cultural. No como brutos, ni torpes, ni como una rama fallida de la evolución, sino como seres complejos, simbólicos, cercanos. Casi familiares.
El artículo, de Franz Lidsz, está bien escrito, bien informado y cuidadosamente editado. Recorre estudios recientes, cita especialistas reconocidos, traduce debates técnicos a un lenguaje accesible. Y justamente por eso merece una lectura atenta. No porque esté “mal”, sino porque condensa, en forma ejemplar, muchos de los problemas clásicos que aparecen cuando la antropología de largo aliento se convierte en relato periodístico de gran circulación.
Conviene, entonces, tomarse el tiempo que el formato diario no puede tomarse. Volver sobre ese texto sin apuro. No dejar nada afuera: ni sus aciertos, ni sus estrategias narrativas, ni sus silencios. Preguntarse qué dice sobre los neandertales, sí, pero también, y sobre todo, qué dice sobre nuestra manera contemporánea de pensar la humanidad.
Volvieron los neandertales, en forma de fichas
Los neandertales habitaron amplias zonas de Eurasia durante cientos de miles de años, hasta desaparecer hace unos 40.000. No fueron una nota al pie de la evolución humana ni un experimento fallido. Fueron poblaciones extensas, diversas, profundamente adaptadas a entornos duros y cambiantes. Fabricaron herramientas complejas, controlaron el fuego, enterraron a sus muertos, cuidaron a individuos enfermos o lesionados y sostuvieron formas de vida social estables durante milenios.
Desde la antropología, los neandertales importan por una razón incómoda: ponen en crisis la idea de una humanidad única, lineal y excepcional. Obligan a pensar la evolución no como una marcha triunfal hacia el presente, sino como un entramado de ramas, contactos, mezclas y desapariciones parciales. Estudiarlos es, en última instancia, estudiar los límites mismos de lo humano.
El título elegido por el Times hace ya un trabajo ideológico considerable. “The Year of Neanderthals” instala una temporalidad cultural reconocible: la del auge, la moda, la temporada. Los neandertales aparecen así como un fenómeno editorial del momento, un “regreso” repentino al centro de la atención, como los pantalones anchos o como los anteojos de marcos fluorescentes. La investigación científica, en cambio, funciona de otro modo. Los debates que el artículo presenta como novedades llevan décadas desarrollándose en arqueología, paleoantropología, genética y antropología evolutiva. Lo que cambia no es el objeto, sino su traducción pública.
La temporalidad mediática aplana la temporalidad científica. Lo que en la disciplina es acumulación lenta, discusión sostenida y conflicto persistente, en el periódico se vuelve evento. El efecto no es trivial: transforma procesos largos en consumos culturales breves.
El tiempo lento de la antropología
Buena parte del artículo se organiza alrededor de una narrativa de redención. Durante décadas —dice el texto— los neandertales fueron representados como seres inferiores, torpes, incapaces de pensamiento simbólico. Hoy, gracias a nuevos estudios, esa imagen habría quedado atrás. El esquema es reconocible y eficaz: antes, brutos; ahora, casi como nosotros.
El problema no es que esa corrección sea injustificada. El problema es el marco. Los neandertales siguen siendo evaluados en relación con Homo sapiens. No interesan plenamente en sus propios términos, sino en la medida en que se parecen a lo que hoy reconocemos como humano. Incluso cuando el artículo critica la jerarquía, la reproduce de manera implícita. El estándar no desaparece. Solo se desplaza.
La figura de João Zilhão cumple un rol clave en esta arquitectura narrativa. El arqueólogo portugués aparece como una voz experimentada, irónica, escéptica frente al entusiasmo clasificatorio de ciertos geneticistas. Excavaciones lentas contra análisis moleculares rápidos. Cultura material contra secuencias de ADN. Continuidad humana contra ruptura de especies. La oposición funciona y tiene base real, pero también simplifica una disputa epistemológica profunda al convertirla en contraste de estilos y temperamentos.
Zilhão no es simplemente el portavoz del “sentido común antropológico”. Su posición es discutida, situada, polémica en algunos círculos. El recurso periodístico, sin embargo, lo vuelve personaje: alguien que permite dramatizar el conflicto sin tener que recorrer todos sus pliegues teóricos.
La excepcionalidad humana
El núcleo duro del debate aparece con la cuestión de la mezcla genética. Desde la publicación del genoma neandertal en 2010, sabemos que muchas poblaciones actuales conservan fragmentos de ADN heredados de esos cruces. El dato incomoda porque desarma la noción clásica de especie como unidad cerrada. Si hubo descendencia fértil, ¿de qué frontera estamos hablando exactamente?
El artículo presenta las posiciones en disputa, pero no se detiene demasiado en una cuestión clave: la categoría de especie no es solo biológica. Es también histórica, política y epistemológica. Clasificar no es simplemente describir diferencias; es ordenar el pasado desde supuestos que rara vez se hacen explícitos.
A lo largo del texto, el artículo del Times despliega una serie de hallazgos recientes: caza compleja, procesamiento de grasa, dietas flexibles, uso de pigmentos, objetos para marcar superficies. La acumulación es deliberada. Cada ejemplo suma una capa de sofisticación. El mensaje implícito es claro: los neandertales podían hacer mucho más de lo que pensábamos.
Pero esa lógica también tiene su costo. La humanidad aparece medida por capacidades. Más tecnología, más simbolismo, más complejidad equivalen a más humanidad. La pregunta que nunca se formula es por qué necesitamos ese tipo de demostración para tomarlos en serio.
La sección dedicada al posible beso entre neandertales y Homo sapiens condensa mejor que ninguna otra esta operación. A partir de estudios sobre bacterias orales compartidas, el artículo sugiere que el contacto íntimo incluyó besos. El recurso es eficaz. El beso funciona como puente afectivo inmediato. Si besaban, eran como nosotros.
Aunque el texto se cuide con definiciones clínicas y comparaciones etológicas, el efecto cultural es innegable. Se proyecta una práctica contemporánea sobre el pasado profundo. Una interacción biológica compleja se vuelve escena reconocible, casi entrañable. No es necesariamente falso. Pero sí revelador. El beso no explica la relación entre grupos. La vuelve digerible.
Quizás lo más significativo del artículo sea lo que no pregunta. No interroga el deseo contemporáneo de verse reflejado en los neandertales. No problematiza la narrativa de “absorción” genética como una forma suave de desaparición. No cuestiona por qué seguimos necesitando jerarquías, aunque ahora sean más amables.
El texto habla de neandertales, pero en realidad habla de nosotros: de nuestra incomodidad con la excepcionalidad humana, de nuestro miedo a la soledad evolutiva, de nuestro impulso por reescribir el pasado para hacerlo más habitable.
“The Year of Neanderthals” es, sin duda, un gran artículo. Informado, cuidadoso, atractivo. Y justamente por eso es un objeto ideal para la crítica. Reemplaza al neandertal bruto por el neandertal entrañable. Cambia el desprecio por identificación. Humaniza, pero también domestica.
La paradoja persiste. Cuanto más parecidos a nosotros los hacemos, menos espacio dejamos para que hayan sido otra cosa. Y, sin embargo, algo no termina de cerrar. La clasificación sigue siendo inestable. La frontera se mueve. La historia no se deja ordenar del todo.
Para la antropología, esa incomodidad persistente no es un problema. Sigue siendo, todavía, una buena noticia.
Traducción: Horacio Shawn-Pérez.